7 de feb. de 2014

Lo fantástico delicado de Marian Castillo

(Sobre su El ruso al que no leí mis poemas, texto leído en la librería La Fugitiva, 7 de febrero de 2014)



Uno de los grandes momentos de la experiencia de un lector es ese cuando descubre el territorio de un autor al que nunca ha leído. Sostener en las manos el volumen de esa voz narrativa es asomarse a un universo desconocido del que sabe que no saldrá indemne —quizá ocurra también con los nuevos libros de los escritores que ya conoce, pero en esos casos el sentido de la sorpresa es otro—: ya lo advirtió Sócrates hace dos mil cuatrocientos años, el conocimiento se lleva puesto, así que hay que tener cuidado a la hora de adquirirlo. Pero con la ficción de un autor al que no se ha leído nunca, un lector no debe tener cuidado, sino todo lo contrario: debe exponerse a su influjo, dejar que las palabras desconocidas se cuelen en su cabeza y busquen un lugar. Solo de esta manera tendrá oportunidad de defenderse; o de ser parte de ese universo.

La sensación de novedad se multiplica cuando se trata de un libro de relatos. Si en una novela la fuerza de un cosmos unitario nos va envolviendo paulatinamente, en mayor o menor medida según sea la destreza del narrador; y este cosmos se va definiendo a medida que avanzamos en el entramado lingüístico para dejarnos habitar en él ya en las páginas finales; si esta es la magia que se opera en una novela, digo, en cambio en un libro de relatos el asedio al lector es múltiple, continuo y renovado: cada texto toca por un instante un universo del que no sabremos nada hasta que hayamos habitado cada historia por separado, y luego de que hayamos hecho el ejercicio imposible de juntar unas piezas que siempre estarán juntas y separadas. Ese es el espíritu de un libro de cuentos: junta piezas que son únicas y crea el rompecabezas de un universo que es el tapiz donde tiene lugar la magia la literatura: ese donde se despliega la voz del narrador.

En estos cuentos de Marian Castillo —algunos de ellos premiados, por cierto— este universo tiene lugar en forma de casa. (Y ahora que lo pienso, debería más bien decir, para rendir honores al dios de la casualidad, que ese cosmos no es una casa sino, muy apropiadamente, un Castillo). Esta imagen se presentó ante mí mientras leía el libro, concretamente, mientras leía La habitación, el sexto intento. En este cuento, la narradora nos relata cómo su familia se dispone a vender la vieja casa donde viven por falta de espacio, y cómo la casa misma se opone a su venta, y les ofrece la solución más hermosa para que no se vayan. No les voy a decir cómo la casa solucionó su posible abandono, pero sí les voy a revelar que, siguiendo la gran tradición fantástica en la que las casas intervienen, esta del cuento de Marian Castillo es metáfora del universo, del cosmos que es nuestro hogar definitivo: como en La caída de la casa de Usher, de Poe, Las ratas de las paredes, de Lovecraft, Salem’s lot, de Stephen King (e incluso la House of leaves, de Danielewski), la casa de La habitación deja que el lector entienda que el mundo de la literatura solo lo es cuando invade cada fibra de los personajes y contamina a aquel que lee.

Los cuentos de Marian se “siembran” en los ojos de los lectores, si se me permite la metáfora, y crecen en ellos —ya lo comprobarán ustedes cuando los lean— buscando generar nuevos significados: una visita a la maestra más querida en la funeraria donde reposan sus restos se convierte en la posibilidad de  abrir “las puertas del cielo”, como en aquel célebre relato de Cortázar, pero también es la oportunidad para que los personajes comprueben cuánto los ha alejado la vida; una maleta extraviada es el McGuffin para regresar al tema del doble, un tema que cruza, por cierto, todo el libro; una risa de mujer en un edificio que parece una cárcel da a un escritor la posibilidad de consagrarse; cinco años en la universidad son suficientes para la formación de un célebre asesino; una preadolescente busca al objeto de su amor todas las mañanas, arrasados en lágrimas sus ojos, y el resto de su vida, en una especie de brevísimo bildungsroman, y así hasta diecisiete historias que cuando se terminan de leer dan la impresión de que han sido más: porque siempre el todo es mayor que la suma de sus partes. Esa casa que es la voz de la narradora es una casa que crece en progresión geométrica a medida que vamos leyendo: y la casa es más grande cada vez, a cada palabra, a cada imagen que se queda grabada en nuestra memoria. Más grande y más nítida; porque es la casa de una escritora en pleno uso de sus facultades y con capacidad de llevar al lector, con delicadeza pero siempre firme, al terreno que se ha propuesto.

El último relato, el que le da nombre al libro, tiene una clave que no sé si desvelar: quizá sea mejor decir que al terminar de leer El ruso al que no leí mis poemas, tanto el relato como el libro, una frase salió de mis labios, y la apunté al final de mi ejemplar: lo fantástico delicado. Ese es el cosmos que nos propone la autora y que yo, entusiasta, les invito a penetrar.

3 de oct. de 2013

Ramuz en el precipicio


Este es el pequeño texto que leí en la presentación de Voces de la montaña, editado por la editorial chilena Chancacazo Publicaciones y traducidos por Iván Salinas. Unos cuentos muy recomendables, sobre todo en esta época de tanta morralla.

Ramuz en el precipicio

 La primera imagen que se me viene a la cabeza mientras leo es doble: Sherwood Anderson y Wenceslao Fernández Flórez. Como el lector cuando lee se lee a sí mismo y también el acto de leer es el acto de sumar lecturas, es inevitable buscar comparaciones en nuestra memoria cuando se lee a un nuevo autor. Sólo de esta manera podremos destilar las diferencias, las particularidades que hacen único a ese autor. Y Ramuz es uno de esos autores únicos y, por eso mismo, comparte similitudes con los grandes. Los quince relatos que componen Voces de la montaña muestran a un lector primerizo como yo, la fuerza de una voz que sabe lo que busca. Los dos libros de donde han sido traducidos, según afirma el pie de imprenta, Nouvelles y Les Servants et autres Nouvelles, fueron publicados pocos años antes de su muerte, en 1944 y 1946, respectivamente, así que se trata de los cuentos de un autor que ha demostrado con creces el dominio de su oficio.
Y digo Sherwood Anderson y digo Wenceslao Fernández Flórez porque, aparte de ser prácticamente contemporáneos, esto es, de haber percibido de alguna manera el mismo espíritu de los tiempos (el final de la Belle Époque con la Gran Guerra y el ascenso del fascismo en Europa), sus respectivas obras tienen varios puntos en común que resuenan unas en otras. El aire rural, los toques fantásticos, los personajes que perduran de un relato a otro, la voluntad de unidad entre los textos que, aunque son relatos independientes buen pueden leerse como una sola «historia», la historia de un pueblo en particular. Así, no tiene nada de raro que, mientras leía los cuentos de Voces en la montaña, percutieran en mi memoria los relatos de Winesburg, Ohio y de El bosque animado, esta última publicada casi al mismo tiempo que los relatos de Ramuz.
¿Y cómo no pensar en estas relaciones cuando se lee un relato como Los sirvientes, esa especie de duendes mágicos que hacen favores pero que también castigan con travesuras a veces peligrosas; o cuando el narrador presenta a un imprudente enamorado a punto de morir por buscar un sencillo —pero difícil de hallar— ramito de edelweiss para su amada en Llamada de auxilio? También cuando la naturaleza es una amenaza, como ocurre en el relato que le da título al volumen, Voces de la montaña, y en Escena del bosque, en el que un leñador sucumbe bajo el peso de un árbol derribado. En cambio, en La caída del niño, los sentimientos más feroces salen a flote por culpa de una madre descuidada —¿y con un amante?— que abandona a su hijo de cinco años a su inevitable suerte. Ciertos sentimientos distorsionados por las acciones y por el discreto laconismo del autor —estrategia narrativa que Ramuz maneja con maestría— crean situaciones que parecen paisajes de enorme extensión salpicados por seres incapaces de canalizar sus pasiones, tal como ocurre en El lago de las señoritas. Porque detrás del hermoso escenario que son las montañas suizas, se esconden las pasiones que han acuciado a los seres humanos desde siempre, envidia, pereza, mezquindad... y la miseria, la resignada miseria que acompaña a cada uno de estos personajes que los convierte en víctimas de las circunstancias que quizá ellos mismos haya propiciado, y así podemos leerlo en relatos como Sequía y, sobre todo, La feria, donde una pareja de ancianos hace un dificultoso viaje a la ciudad para vender una cabra que finalmente compra un vecino de ellos, con lo cual ese arduo viaje pierde todo sentido.

Leo a Ramuz y recuerdo a Sherwood, a Wenceslao, sí; pero también, y a causa de la ferocidad con que la naturaleza cincela el carácter de los personajes, viene a mi cabeza La madre naturaleza, de Emilia Pardo Bazán: porque allí donde la naturaleza impone su ley, la belleza artificial tiene los días contados. Y en Voces de la montaña Ramuz camina por el filo de un precipicio que no es el de una de las montañas de su Lausana natal, sino por el precipicio del lenguaje mesurado que pone en escena las pasiones de seres indefensos, constreñidos por siglos de sometimiento a la ley implacable de la naturaleza: y la caída desde esa altura suele ser más dolorosa.

16 de jun. de 2013

La fuerza del lector

Leo una entrevista a Javier Marías y de repente me topo con una explicación luminosa: «Lo que pasa es que cuando un libro tiene importancia —sea filosófico, científico o literario—, acaba trascendiendo y permeando incluso a la gente que no lee. A través de la gente que lo lee llega a la gente que no lee.» Qué enorme responsabilidad, qué gran privilegio, pienso, el que tienen los lectores: se alimentan sabrosamente con lo que leen, sí, pero también son los mensajeros de buenas nuevas para aquellos que viven ciegos en el mundo, para aquellos que no han comido: para aquellos que no leen. Cuando leemos un libro, nos leemos a nosotros mismos en ese libro, anunciaba Proust, pero ahora comprendo que además nos convertimos en ese libro porque nos transformamos en el cofre que él ha sido hasta el momento en que llegamos a él: y todo cofre debe abrirse para regar sus tesoros. Cada libro nuevo llena más el cofre; y cada vez que le contamos a alguien lo que hemos leído, duplicamos, «clonamos», el tesoro en la mente del que oye y lo convertimos, a su vez, en un nuevo cofre: allá él lo que haga con su tesoro.

Esta es la fuerza del lector: contamina, cuando lee, su mente y adquiere la capacidad de contagiar el mundo con las palabras que ha leído. Esto ya lo sabía Sócrates, hace más de dos mil cuatrocientos años, y san Agustín, y los dos migueles, Montaigne y Cervantes; y Simón Rodríguez: lector, destruye con tus palabras la oscuridad del que no lee; ilumínalo con tus historias y haz que el mundo sea un poco más hermoso: porque la imaginación, solo la imaginación puede transformarlo en ese lugar perfecto que nunca será. Esa es tu fuerza, lector; úsala sin piedad para tu beneficio y habrás cumplido con el ciclo, como hace la abeja cuando dispersa el polen de sus patas.

2 de may. de 2013

Gemelas


Estaré firmando Gemelas el 16 de junio de 2013 por la mañana (de 11 a 14,30 hrs.) en la librería Sin Tarima (caseta 96), último día de la Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro. ¡Los espero!

Adenda: a partir de mañana, 4 de junio de 2013, ya mi novela estará en las librerías.
Pronto estará en las librerías españolas mi nueva novela, Gemelas, un texto escrito ya hace algunos años y que por fin ve la luz en Casa de Cartón y, además, con una ilustración preciosa de Pilar Barbeta, mi artista joven preferida. ¡Otra alegría en forma de palabras! (*pueden leer un fragmento de la novela pinchando aquí.*)

13 de dic. de 2012

Una trampa para pájaros

Vuelo diurno
Blanca Riestra
Casa de Cartón, Madrid, 2012.
|109 p.|ISBN:9788494047824|12 euros|

Estas fueron las palabras que leí en El Café Comercial para presentar la hermosa e inquietante novela de Blanca Riestra:

Una trampa para pájaros
«Un niño no es bueno ni malo ni inocente, un niño es un molde donde el mundo escribe su mensaje»: en esta frase cercenante, especie de leit motiv que evoluciona a medida que leemos, anida una de las claves de esta novela que, lo digo de una vez, no trata de hablar del mundo, de este mundo en que vivimos, sino que quiere sumarse a él creando espacios nuevos; iluminando, quizá, sitios como Fronda, el «lugar» eje de la historia, un no-lugar, también; no-lugar, porque existe sólo en ese espacio de que habla Foucault para aquello que conocemos pero no podemos asir del todo. La inocencia de los niños de esta novela no parece del todo cierta, pero podemos detectarla en Nando, un curioso niño que, además de hablar, expresa sus pensamientos con dibujos, a veces infantiles, pero sin duda inquietantes, porque no siempre puede hallarse al sol atrapado en una bolsa. Quizá el molde que es cada niño para el mundo lo traduce a un idioma nuevo, que puede coincidir con el que nuestros sentidos perciben; aunque cuando eso no ocurre, sobreviene la desgracia, el miedo, el mal, y sí, entonces sí el sol puede encerrarse dentro de una bolsa.
Vuela por encima de nuestras cabezas un breve poema, el que divide el libro y se convierte en revelador epílogo al final; es una estrategia que seduce desde el principio y no interrumpe el flujo de la lectura; pero poco a poco esas letras en que están divididas las partes de la novela empiezan como a vibrar en nuestros ojos anunciándonos la vorágine de la última palabra: adiós, que es como si el libro nos soltara y dejara que fuésemos nosotros los que decidamos qué hacer con «eso» que ya sabemos y que no podrá nunca abandonarse. Como lectores, no hemos hecho caso al consejo socrático («el conocimiento no es como la fruta, que se puede llevar en una cesta; el conocimiento se lleva puesto porque nosotros somos la cesta del conocimiento»), y salimos de la última página viendo cómo una mano dibujada por un niño se despide de nosotros y nos deja, quizá desolados. Eso que vibra por encima de nuestras cabezas, que vibra junto al poema que cruza la novela, es la tensión que apelmaza los movimientos de los personajes e impone el laconismo de las conversaciones; y, más que laconismo, secreto.
Algo va a pasar en la fiesta del Corpus, que es el día que todos están esperando en Fronda: curas, putas, peluqueros, familias, maestros y alumnos; todos esperan junto a un forastero que ese día del Corpus algo se resuelva, que llegue una respuesta, una solución o, por lo menos, un mínimo juicio final. Quizá porque se trata de una de las fiestas religiosas más «místicas» —el reconocimiento de la presencia efectiva del cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía—, el Corpus genera ese halo críptico dentro del cual lo sagrado no se puede vislumbrar porque enceguece. O porque lo sagrado es bruno, oscuro, insondable... y mortal.
El forastero que llega a Fronda, como todo el que viene de lejos, es el más hermoso, como ha dejado dicho José Balza en Percusión, y seduce por donde pasa; pero también extraña y asusta; enfada y genera compasión. Es un ser foráneo entre foráneos; un viajante que no vende nada, un violinista sin violín que envuelve con su melodía muda. Esta descripción debería ser suficiente para que esta idea quede fija en la cabeza: no es una historia de terror, ni lo fantástico se presenta en toda su codicia, pero sí se llevarán a la casa de la memoria la certeza de que algo supremo ha ocurrido ante sus ojos y ustedes han sido incapaces de captarlo. La prosa, delicada, dulce, vengativa, de Blanca Riestra en esta novela les dejará huellas indelebles que ustedes no serán capaces de verlas sino hasta mucho tiempo después de terminado el libro. Qué buena suerte; o qué mal hado, según se vea.
Tal vez porque esta novela es una gran metáfora de lo que en realidad somos por dentro: unos seres llenos de rincones oscuros hacia los que preferimos no mirar, y por eso los ocultamos con las metáforas más excelsas, sin entender, o sin saber, que una metáfora, siempre, es una trampa para esos pájaros que llamamos palabras.
Café Comercial, en Madrid, 13 de diciembre de 2012.