30 may. 2005

TAGANGA: LOS INICIOS

Por el diario que comienza así lleva este nombre mi blog:
Taganga, 31 de diciembre de 2001.
Taganga está a una hora de Aracataca y a un palmo de la luna. En la noche, luz. Canciones tristes. La gente, amable y extraña. O extrañada. Y el faro, como en Alejandría. Pero es el faro de Santa Marta.
1 de enero de 2002.
Llegamos a Taganga ayer al mediodía. En principio íbamos a quedarnos en otro hotel, en Santa Marta; pero el taxista parlanchín que nos trajo del aeropuerto y la falta de aire acondicionado nos convenció de venir al hotel de Taganga. El hotel que en la noche nos guardaba una sorpresa: la luna asomándose con timidez detrás de la montaña. Quería decir que ese 31 de diciembre habría de ser hermoso. Entusiasmados, nos fuimos.
Teníamos reservada una mesa en el hotel «Ballena Azul», lo que era señal evidente de películas en blanco y negro y rumores de las olas nocturnas del mar.
El 31 de diciembre es igual en todos lados; la gente espera, no se sabe qué, pero espera. Da la sensación de que algo muy grande se nos viene encima. Desde luego, nada ocurre, si no somos nosotros mismos los que lo provocamos.
Hasta el restaurante nos acompañó la luna, el mar cuya superficie cremosa se veía blanca –culpa, otra vez, de la luna– y los botes de los pescadores que reposan por las noches como una manada de mamíferos marinos o un cardumen que supiera respirar. Creo que ninguno de los dos, en el fondo, podría dar crédito a lo que ocurría; el mundo –¿cómo lo supo?– se acomodaba para algo que estaba a punto de ocurrir.
Los mesoneros del restaurante del hotel «Ballena Azul» son de una asombrosa amabilidad, sólo caminaban entre nosotros con el ansia de hacernos sentir cómodos; pero, como si estuviéramos en otra isla griega o en el borden de una ciudad portuaria de Asia Menor, casi no entendíamos lo que nos decían. Tal era su amabilidad.
Comimos un surtido de delicias que nosotros mismo nos servimos: mero a la orly, pavo en salsa de maracuyá, lomito con champiñones, ensalada de vainita. Pero quizás el plato que ablandó hasta el llanto mi paladar fue el arroz blanco, delicado y suelto que casi nadie sabe hacer en el mundo.
No escribo con orden. Porque las imágenes de anoche están todas agolpadas en mi cabeza y, como me acabo de levantar, se confunden con los vertiginosos sueños que siempre tengo. Adoro soñar, es la posibilidad de ser otra persona y de oír mi nombre en otra tonalidad, con otra longitud de frecuencia, más allá del ultravioleta, más allá del infrarrojo. Por eso cuento el 31 de diciembre sin orden ni concierto.
En la tarde, después de un pargo rojo frito con arroz con coco, fuimos a una playa espantosa, alborotada de lo fea: Playa Grande, el rincón más triste de este lugar. Lo único sensato que se puede hacer allí lo hizo un indígena (¿cómo se llama la etnia de aquí?): se detuvo frente a la orilla, acompañado por dos hijas pequeñas, y entregó al dios perezoso de esa playa una meada larga y amarilla que de inmediato todos nosotros —turistas ávidos de aventuras— nos apresuramos a beber, simulando que la simpleza, la palurdez de ese sitio suplía con corrección las ciudades de donde venimos. Luego, con la misma tranquilidad con que orinó al lado de los botes, casi encima de nosotros, recogió su enjuto sexo y se lo guardó. Las niñas esperaban detrás de él, casi sin hacer caso de nadie salvo de los perros que por decenas vienen a jugar, añorando tal vez su vida ictiomorfa. Para acabar de disgustarme, un hombre nos advirtió:
—Báñense más allá, más allá, señalando al indio que, sin hacer daño a nadie, orinaba sobre el mar.
En la noche me enamoré. Por primera vez en Colombia. La aparición tuvo lugar en el restaurante cuando comíamos de tres tipos de carne y un arroz perfecto. Ella no debía de tener más de veinte años, y no menos de quince: la cintura disminuida la mantenía firme en los 17, en los 18. ¿Cómo puede la sola fuerza de nuestros ojos generar impulso estético y deseo suficientes para hacernos temblar o estar estáticos? No lo sé, pero desde ese momento yo fui un rey antiguo y ella la princesa «de un reino casi bárbaro». Una barbors. Por fortuna, Mafe y yo habíamos comprado una botella de ron y cuatro vasitos —«nunca se sabe cuándo aparece un amante», dijo ella— y junto a una fogata descubrimos la alegría de recibir el año (¿o somos nosotros los que somos recibidos?) bailando con la luna. Los fuegos artificiales eran rojos y flotaban. La alegría era tan grande que yo estaba más inerte, más conservador y Mafe lloró como si fuera una playa de arena abandonada. Invocamos en silencio tiempos mejores (¿puede haber un tiempo mejor que éste?) y terminamos la botella. El Caribe está frente a nosotros y nos llama. Por eso me levantaré y me ofreceré esta mañana, seguro de que está esperando los fluidos de mi cuerpo, y que yo agradeceré su fuerza y su sal.
Y el faro, ay, el faro que gira con su ojo, avisando. El faro de Santa Marta.
9.30 hrs.
Ya las hormigas exploradoras descubrieron el brownie. Pero antes de saberlos yo me había comido la mitad. ¿Cuántas hormigas caminan ahora por mi estómago?
No me gusta escribir a mano. «Necesitas una lap top», dice Mafe. Necesito unir mis pensamientos con mis letras en tiempo real. «Soy una probadora de frutas», agrega, y también: «me deprimo en 31, tengo que contárselo a todo el mundo».

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