23 may. 2006

Extracto del prólogo a "Francisco de Miranda en diario"



Ningún amor cabe en un cuerpo solamente
aunque el corazón se aparte y ceda espacio
y el tiempo nos devuelva las horas que retiene
Eugenio Montejo.

Hay vidas que «no caben en un cuerpo solamente» —como diría el poeta—, a las que no les basta el tiempo que les toca: con su recuerdo inundan el futuro, cada vez con más fuerza, hasta que finalmente se instalan en nuestra memoria y creemos que son amigos cercanos cuyas acciones son fáciles de conocer. La vida de Francisco de Miranda (Caracas, 1750 – Cádiz, 1816) es un complejo entramado de viajes, amigos, amantes y planes políticos; el Archivo del General Miranda, como se le conoce, es la obra donde se hallan organizados los documentos, cartas, diarios y demás escritos que fue acumulando, y que han llegado hasta nosotros como el testimonio de que una vida es capaz de transformarse en miles de páginas. Todos estos materiales fueron agrupados concienzudamente por él mismo bajo el sonoro nombre de Colombeia, término que significa los papeles sobre Colombia. La palabra, que tendría una fortuna desigual, la tomó Miranda prestada de una canción revolucionaria dedicada a George Washington y escrita por Phillis Weatley, antigua esclava, africana de nacimiento. El vocablo encierra uno de los archivos personales más completos y divertidos sobre el siglo xviii e inicios del xix; luego, Bolívar utilizaría la palabra (Colombia) para bautizar en 1819 el país que él imaginaba unido y próspero, pero que se mostró arisco con él: la República de Colombia, de efímera existencia. El Archivo es un «Himalaya de papeles», como alguna vez se le definió, y como tal es riquísima fuente para conocer no sólo al Precursor de nuestra Independencia, sino que además constituye un documento de inapreciable valor para conocer el tiempo y los sucesos de los que fue partícipe. Porque con la lectura del Archivo nos damos cuenta de que Miranda fue testigo (y, muchas veces, protagonista) de excepción de parte de los más importantes acontecimientos de su época: la guerra de Independencia de Estados Unidos de América, su formación como país democrático, la Revolución Francesa y las intrigas palaciegas de las cortes rusa e inglesa; y, cómo no, el inicio de la Independencia de los países de América, Venezuela la primera. Asimismo, tuvo trato cercano y fructífero con los personajes de su tiempo, Catalina la Grande (de quien, por más que la leyenda insista, no fue amante), George Washington, Samuel Adams —uno de los padres de la Constitución estadounidense—, Napoleón Bonaparte, el Primer Ministro inglés William Pitt, el príncipe Potemkim y, lógicamente, Simón Bolívar, Andrés Bello y los protagonistas de la gesta del 19 de abril de 1810. Con ellos, es verdad, sus relaciones no llegaron a feliz término, pues después de la pérdida de la primera República, en 1812, el Precursor fue abandonado a su suerte y, sin que queden todavía muy claras las verdaderas razones, fue entregado como prisionero al general Monteverde, que lo remitiría a su encierro final en el castillo de La Carraca.
En la estructura anular del viaje que comenzó cuando partió de su ciudad natal a los 21 años, y que cerró en esa humillante prisión española, cuatro décadas después, dos ciudades serán referencias esenciales para la inteligencia de la metáfora sobre el inicio y el final de su vida: Caracas y Cádiz. En uno de los extremos de este anillo, una palabra muy usual en el español de Venezuela, una exclamación de rendición, cerraría en 1812 el ciclo iniciado muchos años antes: ¡Bochinche!, con la que definió el carácter de sus conciudadanos. Frustrado por la incomprensión que hallaría entre ellos, demasiado europeizado para esas latitudes, el Precursor, anciano y enfermo, completó la estructura anular de su vida rindiéndose a sus verdugos, a pesar de que no dejó de escribir cartas solicitando su liberación, y preparando la fuga final hasta pocos días antes su muerte. Bochinche —su expresión más recordada, lúcida metáfora de buena parte de la idiosincrasia de sus coterráneos— fue el último acto de rebeldía de este Ulises no bienvenido, más bien Agamenón, el Primus Inter Pares. Como el jefe aqueo, regresó a casa haciendo demasiado ruido y puso en guardia a los que se erigirían en sus peores enemigos, los mezquinos compatriotas que más de cuarenta años antes lo habían forzado a exiliarse, y que no perdieron la oportunidad de entregarlo como botín de guerra para salvarse a sí mismos.
Sus restos desaparecieron en una fosa común, y el sarcófago abierto esperándolos en el Panteón Nacional de Caracas así lo atestigua. Tal vez por eso la construcción de la Colombeia aún siga «in progress»; quizá, también, aún estemos buscando esa identidad que nos libere del bochinche y la confusión que él percibió con lucidez, el desorden que ha hecho de este territorio llamado, quizá con injusticia, Latinoamérica, el caldo de cultivo de los más terribles «demófagos», gobernantes devoradores de pueblo, como diría Homero, y subrayaría Miranda mismo en su ejemplar de la Ilíada.Fueron tiempos turbulentos, y aún hay que seguir investigando acerca de la supuesta traición de sus propios compatriotas, o acerca de la supuesta traición que él, a su vez, planearía. En todo caso, fue la única (y última vez) que Miranda fracasó en un proyecto, pues los cuarenta años anteriores, desde que llegó a España hasta que regresó a Caracas, fueron años de reflexión, escritura y, sobre todo, acción, que lo llevaron por diferentes países y múltiples empresas. Miranda fue capaz de compaginar el pensamiento y la reflexión con el viaje continuo y la discusión política incesante. Fue capaz de librarse de la guillotina del régimen del Terror en Francia defendiéndose él mismo, y quizás sea de los pocos que lograron tal hazaña. Y aún así, con todo lo que podemos conocer leyendo su Archivo, nos es imposible saber a ciencia cierta qué ocurrió en cada momento. Sólo tenemos documentos y el retrato melancólico creado por Arturo Michelena y que se conserva en la Galería de Arte Nacional; el resto es trabajo para la imaginación.

(Tomado de: Prólogo de Juan Carlos Chirinos a la antología Francisco de Miranda en diario, Caracas, Monte Ávila, 2006. En prensa)

8 comentarios:

ROBERTO ECHETO dijo...

Maestro, eso es. A chapachoucear de lo lindo y a no dejarle Look-go a los malos mestureros.

Un gran abrazo.

carloszerpa dijo...

La literatura romántica ha hecho célebres ciertas prácticas de comunicación fetichista-coleccionista entre los amantes: Flores que se atesoran ya marchitas metidas entre un libro (y si es de poesía muchísimo mejor), hojas, pétalos, uñas o mechones de pelo, cachitos de los pelos de la mujer amada o así como dicen que hacia nuestro prócer Venezolano Francisco de Miranda, quien coleccionaba mechones de pelos púbicos, Dicen que Francisco de Miranda tenía toda una colección de mechones de pelos púbicos de diferentes colores, de todas las mujeres con las que tubo relaciones sexuales… él los cosía en las páginas de su diario íntimo y le agregaba además el nombre de la mujer amada y el día en que hicieron el amor… este diario dicen que existe y dicen que se haba de èl en su biografía ¿Pero, por qué no ha salido a la luz pública este diario? ¿Será que de conocer nosotros quienes eran esas mujeres quedarían muy mal parados otros próceres y nobles de su tiempo? ¿Cuernos patrióticos?

Juan Carlos Chirinos dijo...

Bueno, Carlos, yo sólo he visto la edición de 1929/1950 del Archivo de Miranda y allí lo único que aparece es la reproducción de un camafeo que una mujer en Hungría, creo recordar, le regaló. Dentro del camafeo ella guardó, según el testimonio de Miranda en el diario, pelos de su cabeza y de su "co..", que creo recordar que es como pone él por "coño". Creo que de aquí puede venir la especie de que Miranda coleccionaba pelos de cuca. Hasta donde he podido investigar, este coleccionaismo se reducxe al camafeo con los pelos de esa mujer. Creo que puede ser una exageración (no dudo que pudo haber estado alimentada por Miranda mismo, que tenía un ego enorme y con razón porque era brillante, hermoso, exitoso y ligón). También se dice que fue amante de Catalina. Al menos, él no lo dice, y no parece tampoco que hubiera tiempo para que la zarina y él se quedaran a solas, no con las intrigas políticas de la época. Y además, Catalina ya sería una vieja fofa, nada del gusto de Miranda, que le gustaban las carajitas. Aunque si la zarina hubiera querido, él habría tenido que responder... En fin, habrá que seguir investigando... saludos.

ROBERTO ECHETO dijo...

Juan Carlos, en el Parque del Este de aqui de Caracas, los rompe-estatuas que ya conocemos han reventado el casco de la Santa María Supongo que han usado las cuadernas calafateadas para ponerlas como vigas en sus ranchos de cuatro pisos... Lo peor de la vaina es que en lugar de reparar semejante desastre, las "autoridades" han puesto una pancarta que reza "Misión Leander", además de un letrero que dice "Volvamos al Leander". Si Ud. joven, puede iluminar las mentes podridas de estos inanes, y decirles que el Leander era el H.M.S. Leander, es decir, un barco de la Armada Inglesa que luchó en la Batalla del Nilo junto a la flota que comandó Nelson... En fin, que el Leander era una nave inglesa y estos engendros nos la quieren hacer pasar por venezolana sólo porque Miranda la fletó para traer la imprenta, la bandera, soldados y otra serie de pertrechos para prender el suiche de la guerra de independencia en nuestro país.

Por favor, tío Juan Carlos, hable de todas estas cosas. Necesitamos de la luz de su sapiencia.

Juan Carlos Chirinos dijo...

No sabía lo del Parque del Este; desde luego, lo que dices, Roberto, es completamente cierto. El Leánder no es un barco venezolano, aunque yo no sabía que se trataba de un barco inglés; pensé que era estadounidense, puesto que lo fletó allá. ¿´Dónde encontraste la información de que el barco participó en las campañs de Nelson? Una tripa sería la vaina, entonces. Desde luego, lo que celebra la gente con el desembarco de Miranda es sencillamente el viaje de un fracaso: la gente salió en carreras en cuanto vio a ese loco invandieno el país. Pero como todo hay que sacralizarlo, entonces hacen de la gesta fracasada por culpa de la campurusería de la gente venezolana y de la soberbia de Miranda un episodio épico. Si supeiras el peo que se armó en EE. UU. cuando cayeron presos los soldados gringos (y soldados ingleses; hasta un niño había). EN fin, creo que voy a poner un post de esto... un abrazo, bróder.

ROBERTO ECHETO dijo...

Gran Juan Carlos, el H.M.S Leander fue una de las naves que participó en la batalla del Nilo, como te dije, pero creo que hubo varios H.M.S. Leander, así como hubo varios H.M.S. Victory. Recuerda que estas naves estaban hechas con madera y ese material no es eterno y menos en ese contexto lleno de carronadas, cañones, metralla y plomo parejo. Así que cuando la madera de las cuadernas o del casco de una fragata se podría, pues se mandaba la nave al astillero (de Portsmouth, por ejemplo), la desarmaban y armaban una nueva exactamente igual con madera nueva. A la nueva embarcación, le ponían el mismo nombre de su antecesora, sobre todo si ésta había participado en batallas importantes.

No te extrañe que el Leander que fletó Miranda haya sido uno de los herederos del Leander original y que haya sido una de las naves que ganó para sí la naciente Armada de los Estados Unidos en la guerra contra Inglaterra de 1812.

Chamo, no sé cómo coño sé estas vainas, pero supongo que se lo debo a Patrick O'Brian...

El punto es que hay que hablar mucho sobre Miranda en estos días y el Leander es un bello tema.

Por cierto, para que veas cómo es la vaina, en la Guerra de Las Malvinas, hubo un H.M.S. Leander que todavía debe andar por ahí... No te extrañe que haya echado plomo en el Golfo Pérsico.

Un gran abrazo.

R.E.

ROBERTO ECHETO dijo...

Por cierto, maestro, las corbetas, fragatas, navíos de línea y demás embarcaciones del siglo XVIII y XIX, pertenecientes a las Armadas española, francesa, inglesa, norteamericana, holandesa y portuguesa, estaban repletas de niños. En esas naves hacían sopotocientos de oficios; por ejemplo: eran grumetes, guardiamarinas, ayudantes de carpinteros, cocineros y contramaestres.

El trabajo más común de los chamos en una embarcación era el de mozo de pólvora; es decir: el que tenía la enorme responsabilidad (échale bolas) de transportar la pólvora de la santabarbara a cada uno de los cañones, por no decir que en plena batalla, debían mantener encendidas las mechas de los distintos cañones.

Los carajitos de ahora no son ni de cerca los mismos carajitos de antes.

Juan Carlos Chirinos dijo...

Me deja perplejo todo lo que sabes de barcos, chamo. La verdad es que debe de ser un vacilón aprenderse todos los nombres de un barco; por eso es que uno termina escribiendo sobre piratas. Eran unos sabios.