30 sept. 2006

Escritores sensibles, críticos inexistentes

Hace como tres meses, más o menos, me encontré en Lavapiés por casualidad con el editor y periodista Sergio Dahbar, que merodeaba por allí atraído por una exposición fotográfica. El saludo, como siempre que uno se encuentra con gente de Venezuela, fue afectuoso; y de inmediato lo invitamos a que se tomara un vino con nosotros, esa sana costumbre aprendida en este, mi país de adopción y del que, según algunos de los que vienen a hacer comentarios en este blog, estoy (más) enamorado. Quizá no les falte razón. Pues bien, en ese breve vino que compartimos, acribillamos a preguntas a Sergio sobre el país, sobre el periódico (El Nacional) en el que trabajaba entonces y su nueva rotativa, etc. Y de libros, claro, porque él es el editor de ese best seller nuestro que se llama Chávez sin uniforme, de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka, y que desde hace algún tiempo se vende en las librerías de Madrid, donde lo compré yo. Y como estábamos comentando sobre el curioso (pero muy feliz) boom editorial y de librerías que está experimentando Venezuela hoy en día, aproveché -sabiendo que él era en esos momentos (no sé si lo es aún) una de las opiniones más prestigiosas dentro de su periódico- para decirle que no comprendía cómo El Nacional, en cuyo universo se mueven por lo menos cinco proyectos editoriales, no le daba más espacio a El papel literario y, mucho más importante, a la crítica y promoción de libros. Recuerdo que le dije que el nivel de un país también se puede medir por la cantidad de suplementos culturales que ofrecen sus medios de comunicación y él estuvo de acuerdo conmigo, aunque no pudimos seguir hablando de eso, porque debía encontrarse con sus amigos para visitar la exposición que lo había llevado hasta la plaza de Lavapiés. Supe con alegría, meses después (y a través de un post de Rodrigo Fino, que mantiene su Según como se mire desde Buenos Aires), que Sergio había fundado El librero, una revista (creo, obvio, que dirigida a los libreros) donde se reseñan las publicaciones que se venden en Caracas, y pensé -la vanidad siempre le tiende esas celadas a uno- que quizá nuestra mínima conversación había contribuido en algo a la (muy acertada) decisión de llenar un nicho -el de la recensión crítica- que, en Venezuela, es ancho y ajeno.
No han sido pocas las veces que he declarado que en nuestro país los críticos se hacen los longuis y no se dedican a hacer su trabajo natural, que es el de comentar los libros que van apareciendo en el país, pues la creación en una nación necesita del correlato que lo ilumine desde otro foco; o, como mucho, se dedican a hablar -muy cosmopolitas y muy en su derecho- de los libros publicados en otras latitudes -o de los sempiternos autores muertos de toda la vida, Ramos Sucre, Teresa de la Parra, Carpentier y Lezama Lima a la cabeza-. La ceguera voluntaria de los que se supone que deben ejercer la crítica nacional es un vicio que, según algunos (como Eduardo Casanova), ya es una muy vieja costumbre; y a mí me parece rarísima costumbre teniendo en cuenta que Venezuela no es, precisamente, un país de gente tímida a la hora de opinar.
No es raro ver en los periódicos largas y sesudas críticas de los libros (a veces tramposos) de Paul Auster o de escritores tan supinamente aburridos como Roberto Bolaño o Sergio Pitol, incluso comentarios entusiastas sobre el último libro de (mi diosa) Amelie Nothomb; pero (y pongo poquísimos ejemplos) sobre No habrá final, de Roberto Echeto, El elefante, de Fedosy Santaella, Bengala, de Israel Centeno, Los cristales de la noche, de Carlos Noguera, El round del olvido, de Eduardo Liendo, Nueve mil kilómetros y tu abrazo, de Juan Carlos Méndez Guédez o Amo perdido, de Tomás Onaindía resulta una milagrosa novedad ver que alguien le dedique unos momentos de su tiempo critiquero. De la última novela que he visto cierto entusiasmo es de Falke, de Federico Vegas, de la que Emilcen Rivero me dijo en la feria del libro de Caracas del año pasado que se se trataba de la "nueva Doña Bárbara", aunque no percibo que remonte el Arauca con la misma suerte entre los críticos de oficio. Como se ve, la literatura venezolana sigue brotando generosa como un manantial, ajena a que los que la prueban sean incapaces siquiera de hacer un gesto de repugnancia o amargor.
Por eso leí con enorme interés (y confesa alegría) el prólogo a De la urbe para la orbe del crítico y profesor universitario Luis Barrera Linares que Ficción Breve publicó, pues es una señal de que los críticos venezolanos aún se interesan por lo que es su campo de trabajo natural: la literatura venezolana. Dice varias verdades allí Barrera Linares, y se entusiasma porque aparecen nuevos narradores patrios. Comenta una antología de 15 autores nacidos entre 1959 y 1981, y coincido con él en que no hace falta ser jovencísimo para ser un nuevo narrador. Además, en esa antología está incluida Enza García Arreaza que tiene, a mi modo de ver, un talento enorme y en plena eclosión. Al final de su texto, Barrera Linares acota, entre sabio, pontífice y regañón:
Valga recordar para cerrar esta presentación que -a mi muy modesto y personal parecer- la generación emergente viene a llenar definitivamente algunos de nuestros lugares vacíos, sin que ello implique una ruptura con el pasado de nuestra narrativa pero, eso sí, con posibilidades ciertas de pasar a ser narradores latinoamericanos (y dejar de ser sólo narradores venezolanos, como lo hemos sido hasta ahora el resto). Sin embargo, consciente de la hipersensibilidad extrema con que se han desarrollado algunos de nuestros escritores que claman recurrentemente por la crítica pero la niegan cada vez que les es adversa, así como he expresado mi satisfacción por el contenido de este volumen, también es mi deber dejar claro que la responsabilidad a todas luces manifiesta en estos textos será su acicate principal a la hora de juzgar, aceptar y tolerar la futura crítica (adversa o elogiosa) que puedan recibir en el transcurso de su carrera como escritores.
Como sé que siempre he agradecido las críticas y reparos que críticos como Barrera Linares han hecho de mis propios libros, me atrevo a romper una lanza a favor de nosotros, los hipersensibles escritores: no, yo no niego la crítica, profesor Barrera Linares, al contrario, yo clamo por ella en este desierto en el que se ha convertido. Yo sigo escribiendo y tratando de publicar, ¿está dispuesto usted a cumplir con su parte? Echo de menos las cáusticas y pasionales críticas de una Alicia Perdomo, sueño con que en Venezuela se pueda leer cada semana una revista como El Cultural o el suplemento literario del diario ABC, de Madrid. Quiero para mi país, en difinitiva, críticos que lean su literatura y hagan su trabajo: comentarla, recomendarla, condenarla, estudiarla. Porque no sólo de fuentes, pitoles y bolaños viven los apetitos lectores de los venezolanos.

29 sept. 2006

El defensor del lector de El Nacional: ¿Mala intención, ignorancia o incapacidad?

Ayer decía que El Nacional había cometido un error garrafal al hacerse eco de la crónica de The New York Times en la que se decía que Chávez lamentaba la muerte de Chomsky, que sigue vivo, para alegría de su familia. Y suponía yo que era producto de un descuido al confiar tanto en su fuente, porque en realidad Chávez, en la rueda de prensa que dio después de su deplorable discurso, lamenta la muerte de John Kenneth Galbraith, no de Chomsky, como se puede oír y ver en perfecto castellano: pueden rememorarlo aquí. Pero hoy, para mi espeluznante sorpresa, Lucio Segovia, el defensor del lector de El Nacional, dice textualmente:
La "muerte" de Noam Chomski [sic]
Una amiga, Heidi Pino, me comenta algo importante acerca del editorial del diario El Nacional correspondiente al pasado lunes 25/09/2006 (cuerpo A, pág. A-8 ) y cuyo contenido se asocia con una información conforme a la cual el presidente venezolano Hugo Chávez Frías habría dado a entender, en Nueva York, que el lingüista y pensador político Noam Chomky estaba muerto. Heidi Pino es presidenta del Grupo Social CESAP. Vio y escuchó en el programa del periodista Ernesto Villegas (En Confianza, 27/09/2006) de Venezolana de Televisión (VTV) que el mandatario venezolano no habría hecho semejante afirmación en su discurso ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Me pide que coteje el dato y verifique si el editorial del diario se corresponde con la verdad. Leí de nuevo el discurso del presidente Chávez en la Asamblea General de la ONU en:http://anncol.org/es/site/doc.php?id=24 40) del día 20/09/2006 y, en verdad, no hay en el texto referencia alguna sobre la muerte de Chomsky. Encuentro, sin embargo, que una vez hecha su exposición, el mandatario venezolano ofreció a los periodistas acreditados una rueda de prensa donde expresó que lamentaba no haber conocido a tan importante intelectual norteamericano antes de su muerte. En efecto, lo dijo. [El Nacional, 29 de septiembre de 2006].
No voy a decir ni mu de los horrores ortográficos de la columna. Pero quiero que alguien me explique qué hace que el mismísimo defensor del lector del diario de circulación nacional más importante del país, cuyo trabajo consiste en verificar si el periódico falta a la verdad o comete equivocaciones de cualquier naturaleza, no vaya a las fuentes y corrobore con sus propios ojos y oídos lo que le reclaman. Es una vergüenza.
El periódico no sólo no reconoce su error y lo rectifica, como correspondería, en el mismo lugar donde cometió la falta, sino que insiste tan campante en el fallo a través del que se supone que protege nuestros intereses como lectores. La verdad, es que estoy de lo más desasosegado. Si a este nivel está la prensa de mi país, apaga la luz y vámonos.
_______________
Addenda:
Supongo que el origen del error de El Nacional y los demás medios que se sumaron es el artículo del periodista de The New York Times Marc Santora, Scholar Is Alive, Actually, And Hungry for Debate, del 22 de septiembre de 2006, que comienza diciendo lo siguiente:
At a news conference after his spirited address to the United Nations on Wednesday, President Hugo Chávez of Venezuela expressed one regret: not having met that icon of the American left, the linguist Noam Chomsky, before his death. Yesterday, a call to Mr. Chomsky's house found him very much alive. In fact, he was struggling through ''10,000 e-mails'' he had received since the remarks by Mr. Chávez, who urged Americans to read one of Mr. Chomsky's books instead of watching Superman and Batman movies, which he said ''make people stupid.''

Rubianes, fuera de Madrid

Finalmente, se estrenó en en el auditorio de Comisones Obreras de Madrid la obra Lorca eran todos (oooootra vez Lorca), del actor y director Pepe Rubianes, obra que iba a ser estrenada en el Teatro Español pero que fue retirada por protestas a causa de las declaraciones del actor sobre España. Literalmente, Rubianes dijo en una entrevista en un canal de Cataluña (me parece que en enero) que "España podía irse a tomar por culo" y lindezas por el estilo. Y como el Teatro Español lo pagan los impuestos de los españoles, a alguien le pareció incongruente que este director representara su asunto lorquiano allí. Así que se armó la de God is Christ y la cosa se zanjó con la mudanza al auditorio de la sindical. A muchos pareció que se trataba (también) de una estrategia publicitaria, aderezada por las ceporrerías de los nacionalistas de turno, ofendidos porque el hombre se metió con España y tal. Ayer, en el estreno, según informa El País, "se concentraron, en las inmediaciones del auditorio, decenas de manifestantes con banderas de España que corearon consignas en contra de Pepe Rubianes y a favor de la unidad nacional, rodeados de un fuerte dispositivo policial".
Este es un problema que va más allá de unas declaraciones groseras y desafortunadas de un actor que, al menos en opinión de Fernando Savater, tampoco es que sea un gran artista ("Puede haber ocasiones en que la calidad de la obra esté por encima del autor, pero no suele ser frecuente. En el caso de que así fuese yo preferiría ver la obra a no verla. Aunque dudo mucho de que sea ésa la situación de Pepe Rubianes. Igual Lorca eran todos es su gran espectáculo, pero lo dudo mucho y ésta sería la primera vez que hiciese algo de calidad". El País, 9 de septiembre de 2006), y va más allá de unos cuantos ociosos y fanáticos que protestan blandiendo banderitas. Esto tiene que ver con la libertad de expresión del artista y sus límites. Igual que en el caso de la representación de la ópera de Mozart, Idomeneo, rè di Creta, en Berlín, causas externas parecen coartar la libertad del creador a la hora de llevar a cabo su obra. Rubianes es censurado no por su obra, sino por sus declaraciones contra la unidad de España (en todo caso, no parece lógico que alguien vaya a tu casa a visitarte y de paso te llame hijo de puta); la obra de Mozart es retirada del cartel porque el director agregó una escena que no está en la ópera: las cabezas de Buda, Mahoma, Jesús y Poseidón ensangrentadas sobre unas sillas. Por más que lo pienso, no veo cómo puede encajar una escena así en la historia de Idomeneo, que cuando regresa de Troya se encuentra que su hijo Idamante se ha enamorado de una troyana para desgracia de Electra. Pero ya se sabe cómo son los altistas de creativos. Las preguntas que escuecen a todo creador es: ¿hasta dónde puedo llevar las alas de mi creatividad? ¿Tengo derecho a que nadie relacione mi creación con mi pensamiento y mis convicciones, conmigo mismo? ¿Me debo a la sociedad en la que soy creador? Preguntas que hay que hacerse una y otra vez, aunque sepamos que la respuesta puede no gustarnos demasiado. El oficio del creador implica ciertas decisiones de las cuales depende el futuro de sus creaciones. Cuando los protectores políticos de Miguel Ángel cayeron en desgracia, su pobre David pagó las consecuencias.
Pero, aparte de todo esto, ¿saben qué es lo que me tiene más flipado? ¡Que Rubianes no fue al estreno de su obra en Madrid! ¿Entonces, Rubianes? ¿Hablas para que no se te pudra la jeta o qué? Dices las vainas, montas el chicken, armas peo y sales pitando. O es que no hay cojones, como dijo aquel.

28 sept. 2006

La indispensable necesidad de ir a las fuentes, o Chávez no es el único que se equivoca

La única vez que hablé con Pedro Díaz Seijas fue porque acompañé a mi amiga y comadre Eva Márquez a la Universidad Simón Rodríguez donde ella tenía que entrevistarse con él. De ese encuentro atesoro un solo consejo que he repetido aquí y cada vez que tengo ocasión. Nos dijo con la sabiduría del que ha pasado años metido en una biblioteca: no le crean a nadie nunca, vayan a las fuentes. Es algo más que un consejo, es un brevísimo vademécum para la vida, una frase que bien podría servir de lema para los pendones de Jorge Manrique. Lo repito en clamorosas negritas: no se puede estar seguro de nada de oídas, hay que ir a las fuentes.
Por eso no entiendo el garrafal error de El Nacional en su editorial del lunes 25 de septiembre, La muerte de Chomsky (y, a día de hoy, insensatamente no rectificado) tomado de una torpe traducción del español al ingles de The New York Times y del que se hicieron eco varios medios de comunicación en Venezuela. Resulta que Chávez no lamentaba la muerte de Chomsky sino la de John Kenneth Galbraith, muerto este año. Que dijo eso y no que Chomsky estaba muerto es algo que puede constatar cualquier castellano hablante si ve la rueda de prensa que el presidente dio en la ONU, después de su troglodita, fascista discurso en la Asamblea plenaria. Pasen y vean (o descarguen) cómo Venezolana de Televisión les restriega en la cara el tonto error a los diarios gringos y venezolanos:

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No, señor@s: mal favor a la verdad le hacen medios como El Nacional cuando cometen estos errores de librito. Y, encima, les ponen en bandeja de plata a los partidarios de este ignorante presidente argumentos para decir que los medios opositores engañan en cada noticia que dan. Lo cual, evidentemente, es falso. Pero, ¿qué impide que yo piense que si tergiversan (por torpes, por perezosos, por perversos, por lo que sea) una cosa tan tonta como confundir la muerte de uno y otro escritor no pueden tergiversar sucesos más graves e importantes para el país? Están perdiendo una excelente oportunidad para reconocer que se equivocaron, que confiaron demasiado en su fuente (The New York Times), pero que son honestos para reconocer cuando se equivocan, cosa que el presidente no suele hacer. Errar es humano; y el que comete un error tiene oprtunidad de cometer dos aciertos: reconocer el error y acto seguido rectificarlo.
El consejo es el mismo para nosotros y para todos los que quieran tener un criterio propio: no hay que creerle a nadie, hay que ir a las fuentes.

27 sept. 2006

"El único negro que entrará sera el dinero"

Escuché ayer este chiste en el programa de Buenafuente a propósito de la decisión que tomaron este fin de semana los suizos en un referéndum: se restringe la entrada de la inmigración, se restringen las reagrupaciones familiares (los hijos de extranjeros no-europeos deben entrar antes de los 12 años para que "se adapten" a las costumbres del país; los hijos de europeos, pueden esperar hasta los 18 años). Y se dará prioridad a la inmigración altamente cualificada. Lo que no dijeron es a qué tipo de cualificación se refieren; que yo sepa, la más alta cualificación de un político corrupto que se refugia financieramente en Suiza está en las maletas repletas del dinero de la nación de donde huyó. Creo, pero no estoy seguro, que este país ha endurecido sus condiciones para meter dinero sucio en sus bancos, pero no creo que tanto como para devolver a sus legítimos dueños el que ya está dentro.
La verdad es que no conzoco a muchos suizos, y no conozco su idiosincrasia salvo por las aventuras de Heidi, la historia de Guillermo Tell y las personalidades fuertes y creativas de Jung y Dürrenmatt, pero me parece que este país se ha empeñado siempre en vivir al margen del mundo (pero no de su dinero). Los políticos socialistas suizos lamentaron la decisión y los de derecha la celebraron, una actitud por otra parte predecible. Lo triste de todo esto es comprobar que en el mundo el dinero es más libre de moverse que uno mismo. Que si eres árabe pero rico y llegas en yates llenos de champán te reciben con alegría; en cambio, si vienes buscando trabajo porque en tu país no hay (por miles de razones que involucran, cómo no, la política histórica de Europa) eres tratado como un delincuente y asocian tu presencia con el aumento de la criminalidad. Y eso no ocurre solamente en Europa. Recuerdo que en la Venezuela saudita de los setenta colombiano era igual a malandro; peruano o boliviano, igual a marginalidad. Y todavía muchos recuerdan risueños las imitaciones de Emilio Lovera de españoles, colombianos y portugueses que levantaban las protestas de los nacionales de esos países y siempre eran aplacadas con un es una parodia cariñosa de estas respetadas comunidades. Racismo encubierto con un poco de sonrisas, que es una manera light de manifestar la voluntad de diferencia entre ellos y nosotros. En Suiza no andan con chistecitos: no entra ninguno más y ya está. Lo de los billetes negros lo hablamos después, parecen decir. Muy solidaria su política. Debe de tener contentos a aquellos europeos que, como el guabinoso/chaquetero Fernando Sánchez Dragó, acusan de buenistas a los que levantan la voz contra estas injustas maneras de ver el mundo. Más leña para el fuego.

26 sept. 2006

Ni tan calvo ni con dos bush

Me entero, a través del Blog de los presos políticos, de Martha Colmenares, que un señor llamado Federico Alves está promoviendo la firma de una carta de disculpa de los venezolanos para el presidente Bush (y Vicente Fox, y Alan García, y Condoleeza Rice... ah, y el pueblo estadounidense), por el comportamiento de Chávez en la ONU. La carta la pueden leer y ver y firmar, incluso, si están de acuerdo. Pues a mí me parece que yo no tengo que estar pidiendo disculpas a nadie porque yo no pertenezco al gobierno de mi país ni tomo esas torpes decisiones. No me pueden culpar a mí de las barbaridades de este clown prince, como no pueden culpar a los gringos de tener el presidente paleto que tienen, y como no podemos culpar a los cubanos de tener el dictador insumergible que tienen. ¿Qué pasa? ¿Que volvemos al tema de la chica que es violada y quién la manda por ponerse esas faldas tan cortas, y me perdonen el símil? En todo caso, son los gobernantes los que deberían al menos pedir excusas por haber sido elegidos para una cosa y hacer una completamente distinta.
No mezclemos las ovejas churras con las merinas. Que muramos de bochorno cuando escuchamos a Chávez en el estrado de la ONU, no quiere decir que asumamos la responsabilidad de lo que dice. Si queremos deslindarnos del asunto, me parece que a lo máximo que podemos llegar (o por lo menos a lo máximo que yo llego, y eso que lo he hecho) es a recordarle al mundo que eso que ven ahí de pie en la ONU profiriendo sandeces como un poseso no representa al venezolano típico, no a este típico venezolano, desde luego. Como sé con sobrada certeza que la cabeza fanática e ignorante de Bush no representa a los estadounidenses, que son mucho más que el triste papel de su gobierno en el mundo.
Pero el que quiera pedir perdón y apoyar esa iniciativa es libre de hacerlo, no faltaba más, sobre todo porque parece que a causa de esa carta/video, el autor ha sido amenazado de muerte (o al menos se la han deseado) en youtube. Pero yo sigo pensando que ni tan calvo ni con dos arbustos.

25 sept. 2006

Misión Ministro

Esta mañana, por imperativos de la salud, tuvimos que ir a urgencias en el hospital público de la Fundación Jiménez Díaz, en Madrid. Cuando caminábamos rumbo a la sala de urgencias ya eran las nueve de la mañana y el hospital estaba lleno de gente. La cartilla de la seguridad social de Fátima indicaba que ese era el centro sanitario público que le corresponde para emergencias así. De repente, nos pasó por un lado, y sonriente, el ministro de Justicia, el canario Juan Fernando López Aguilar, que quizá visitaba a un pariente o él mismo se hacía un chequeo. Para mí fue una visión novedosa, porque vengo de un país donde hasta el más insignificante alcalde del pueblo más chumirrío va escoltado como si se tratara de la mismísima sábana santa, y verlo de cerca se parece más a un milagro que a la casualidad de lo cotidiano. Y si es un ministro, muchísimo menos. Al presidente de Venezuela lo rodean, como todos saben, los esbirros del servicio secreto cubano, para más inri. Aparte de que ni por descuido un político venezolano iría a un centro médico público ni siquiera a sacarse un callo. Los hospitales, en Venezuela, son pa'pobres. Y, como no basta que el hospital sea una pocilga, el gobierno te retrotrae al siglo xix llevándote curanderos hasta la puerta de tu rancho.
Hasta en detalles tan insiginificantes como la vida privada de un político se nota cuál es el nivel en que Venezuela está a la hora de hablar de un país normal. En otro blog leí esta madrugada, pero ya no me acuerdo en cuál, que el que escribía se encontró a la infanta Elena comprando fruta en el supermercado. A ver quién es el suertudo que se encuentra de cerca al infante de la política venezolana, el delfín sin fin, el vicepresidente Rangel, en Quinta Crespo pidiendo un kilo de yuca sin que una marea de guardaespladas le caiga encima por sospechoso. Cuando vi al ministro López Aguilar sentí una alegría por ver cómo este país toma menos en cuenta (o con más naturalidad) a los políticos, y al mismo tiempo una pena se movió en mi corazón pensando en cuántos cubanos de gafas oscuras cuidan la vida de los que (des)gobiernan mi país. Y pudo más la tristeza.

Mi Einstein



Debía de ser 1977 ó 1978 cuando me senté en el escritorio de la habitación de los varones (es decir, el cuarto donde dormíamos mis dos hermanos y yo) a hacer este dibujo en un taco de hojitas que usaba para poner notas. No sé cuánto tardé, pero estoy seguro de dos cosas: que estaba escuchando a Supertramp y que fui copiándolo de una caricatura que, si mal no recuerdo, Abilio Padrón había publicado en la revista Reto, que era una publicación científica para estudiantes de bachillerato del Conicit y a la cual estaba suscrito. No sé si existe aún. Siempre las revistas estaban ilustradas por Abilio, y sus retratos de científicos (alguien debería de hacer un volumen con esos retratos o una colección de biografías que tengan estas maravillosas ilustraciones de portada) mi hermano mayor, que siempre tuvo esa inclinación por la ciencia, los iba colocando en la pared del cuarto. A lo máximo a lo que llegué yo fue a copiar la cara de abuelo bonachón de Albert Einstein; y por los azares que uno procura que se den he conservado este dibujito casi treinta años, y sigue conmigo. La fortuna me permitió escribir una biografía para jóvenes de este científico tan contradictorio, y a mí no se me ocurrió otra cosa más útil que usurpar su voz, escribiendo cartas inventadas a partir de su vida y sus verdaderas cartas. Yo gocé un puyero y al parecer no es una idea del todo mala, pues en México quisieron comprar el libro para las escuelas. Y es curioso que haya sido México el país interesado, porque mi inspiración primaria para hacer estas Cartas probables para Hann (al lector curioso le digo que Hann no existe, es un sobrenombre que uso para mi hermano científico) fue precisamente el libro de una escritora mexicana, Elena Poniatowska, que tiene su precioso y muy duro Querido Diego, te abraza Quiela. La idea todavía me ronda la cabeza, porque ahora sé más cosas de Einstein, y me pican las manos por volver a usurpar su voz (cosa que espero no sea ilegal...). Ahora en la madrugada este dibujito me trae gratos recuerdos y, como no quiero hablar de política ni de lo que leo en este momento ni ná, lo pongo aquí, aunque ya ha aparecido en otras ocasiones, pero me da iguá. Es que como es un dibujo de cuando era así de chiquito y lleno de papelillo, pues pasa lo que pasa:


22 sept. 2006

Miranda habla para Jazztelia

Por iniciativa curiosa del escritor Doménico Chiappe, hemos realizado una entretenida entrevista a Francisco de Miranda que ha sido publicada en la página de libros de Jazztelia. Pasen por este túnel del tiempo y lean las opiniones de este nómada sentimental, que aún tiene mucho que decir. Encima se pueden dejar comentarios en este y los otros textos. No dejen de darse una vuelta por allí...

¡Entramos en el túnel del tiempo para entrevistar a Francisco de Miranda!

Necesito un enemigo



Fidel:
Rápido, necesito un enemigo. Antes de que descubran que soy un flojo y un sinvergüenza. Necesito un enemigo, uno que aglutine a la masa a mi alrededor, un enemigo que levante la flama de la ira patria antes de que esta misma ira me consuma mí mismo por corrupto, por ineficiente, por regalar los recursos de mi país al primero que me pelara los dientes (like you). Necesito un enemigo y si no lo encuentro en mi casa saldré a buscarlo por los mundos de dios, iré hasta donde viva y allí mismo le meteré casquillo a ver si se arrecha y me lanza el coñazo salvador, el mismo que usaron los dictadores argentinos con la excusa de las Malvinas para distraer la atención; el mismo que has usado tú como gran excusa durante cincuenta años de vagabunda vidorra; pero yo no quiero un bloqueo, yo necesito inventarme enemigos porque si no, no puedo ser un héroe. Y yo lo que más quiero en el mundo es ser el héroe que salva la Tierra, igual a ese que en el norte bombardea como le da la gana para sentirse el cowboy más grande del pueblo. Yo quiero ser como él, quiero luchar contra él. Chico, porque lo que yo quiero es ser superman. Pero la vaina es que mi Lex Luthor no termina de aparecer. Y así no se puede, ya me cansé de los políticos chupamedias y de los intelectuales aficionados a lamerme las botas; estoy harto de los revolucionarios niches y de esa gente del cerro: a mí me gusta la vaina de la alfombra roja, las ruedas de prensa internacionales, los viajes en avión y los baños de multitudes en otros idiomas. Vivir en Venezuela es pa'pobres, yo prefiero viajar. Pero para seguir teniendo todo eso que disfruto necesito varios enemigos, pero ya. O por lo menos uno antes del 3 de diciembre. Hazme esa segunda. Tuyo siempre,
Hugo.

21 sept. 2006

Por donde salta el cabro grande, salta el cabro chiquito



...dicen en Valera. Por eso, ayer, mientras escuchaba la intervención (o mitin) de Chávez en la Asamblea de la ONU, en vez de sentir vergüenza ajena, pensé un rato en las maneras groseras, chabacanas, totalitarias, intolerantes, decadentes y nada contemporizadoras del alcalde Barreto y de los papanatas (Medero/Britto García) que fueron a hacer el ridículo a la Feria del Libro de Bolivia: ¿cómo no van a actuar así, si el jefe por el que beben los vientos se comporta igual? Sólo son los cabros chiquitos que siguen la senda del cabro grande. Los aplausos de los acólitos en la ONU fueron acallados por los funcionarios del recinto, porque ni siquiera los fanáticos deben olvidar que ese es territorio de todos, no un teatro para hacer campaña. Como el presidente-candidato ya no subecerro, no vaya a ser que alguien le grite su incompetencia en la cara, se va a la ONU a hacer campaña contra el enemigo que su astuta paranoia le ha diseñado: Bush. Trata de que el presidente gringo, por todos los medios, le haga caso y le plante pelea, pero no sabe Chávez que los enemigos que busca su némesis son más gordos que él, que alardea de guapo porque tiene presos los recursos de nuestro Estado. Ninguno de los demás presidentes, ni siquiera sus amigos más queridos del Medio Oriente, como el presidente de Irán, fueron tan estúpidos como para quitarse la razón lanzando, no ya insultos, sino sandeces dignas de compasión, iguales a las burradas que el más borracho de la fiesta profiere mientras todos miran hacia otro lado, conscientes de que está fuera de sí. No en balde lo peor que le podía ocurrir a un griego en la Antigüedad era emborracharse. Y Chávez, ayer, se emborrachó de sí mismo, estaba ebrio de su propia incosistencia. ¿Son los intelectuales chavistas tan vagabundos como para no sentir vergüenza ajena cuando su líder hace semejante ridículo? ¿O bajan la cabeza oportunamente para que les promocione sus libritos desde la tribuna, como hace el moralmente triste Noam Chomsky, que se ha arrimado a este remedo de líder como tantos otros "intelectuales" del llamado primer mundo (José Saramago e Ignacio Ramonet a la cabeza), sólo para sacar beneficios (eso sí: sin abandonar las comodidades primermundistas del imperialismo neoliberal y consumista que tanto odian, sin dejar de publicar en las mejores editoriales capitalistas y sin dejar de cobrar sus merecidos adelantos en euros o dólares)?
En el espectáculo de ayer salimos perdiendo todos: hasta la ONU se ha degragado tanto que estos peligrosos payasos pueden ejecutar su perversión sin que nadie pueda hacer nada. El artículo que The New York Times le dedicó al incidente (que, por cierto, pocos son ya los periódicos internacionales que le dedican la primera plana a sus payasadas, así de cansados estarán), termina diciendo: "Mr. Ahmadinejad did not offer any Iranian oil to poor United States neighborhoods". Será güevón el presidente iraní para andar regalando el petróleo que él necesita para su campaña de odio contra lo que no sea como él. Las pendejadas, como siempre, se las dejan los líderes del mundo a los venezolanos, que para eso son chulitos, con plata y los más ignorantes del grupo.
Qué vergüenza, qué vergüenza de gobernantes, cielo santo. Y mayor vergüenza por los que se quedan calladaditos para asegurar su plato de lentejas (no vaya a ser que les pase lo que a Walter Martínez).

20 sept. 2006

La última de Kofi


Ayer comenzó la 61ª Asamblea General de las Naciones Unidas, y le tocó hablar a un par de decenas de mandatarios, entre los que estuvieron Luis I. Lula Da Silva, George Bush, Vicente Fox y Evo Morales, además de Kofi Annan, para quien es la última Asamblea de su mandato (los pueden escuchar pinchando sobre sus nombres). No ha sido un mal secretario, creo yo, aunque su gestión estuvo empañada por acusaciones de corrupción (sobre todo, contra su hijo) y por cierta actitud blanda ante las arbitrarias decisiones del gobierno estadounidense. Bush, a pesar de que su discurso fue algo menos agresivo, no dejó de lanzar sus advertencias y consejos a sus aliados y enemigos; en definitiva, Bush avisó que su gobierno está decididamente de lado de los moderados (¿se puede leer aquí algo así como "con los conservadores, contra los radicales"?). Lula fue demoledor en tres frases: donde hay hambre, no hay esperanza; un mundo hambriento nunca será un lugar seguro; si no queremos globalizar la guerra, es preciso globalizar la justicia. Y esas frases valen por miles de discursos. Morales, por su parte, defendió con mucha razón el derecho de los campesinos bolivianos a cultivar y hacer uso de la hoja de coca para fines medicinales y terapéuticos (aunque insistió en que la hoja se usa en la producción de Coca-Cola, cosa que me parece ya no es así, creo que leí en algún lugar que hace años que la compañía no la utiliza para hacer la bebida), y exigió -siempre antecediendo un "con mucho respeto"- la retirada de las tropas de Irak. Pidió para su país, como lo ha hecho antes, "socios, no patrones", y tiene toda la razón. Su discurso fue claramente anti-imperialista. A ver cómo se relaciona con el presidente de Estados Unidos. Fox cumplió una promesa: difundió el mensaje de una indígena de su país que le pidió que dijera que a pesar de que todos los seres humanos somos distintos, "todos los seres humanos somos iguales en dignidad y grandeza", una frase hermosa, la verdad. Habló de la reforma de la ONU, también. Y tanto Fox como Morales hicieron un llamado a adoptar la Declaración de los Derechos de los Indígenas, lo cual es una señal de que es una medida que cuenta con el apoyo tanto de la derecha como de la izquierda en Latinoamérica. Por lo menos en eso están de acuerdo.
Y como quiero acabar con algo de esperanza, que es lo que pide Fox para todos, les dejo las palabras finales de Kofi, la despedida de su cargo:
Juntos hemos empujado hasta la cima de la montaña algunas rocas de gran tamaño, aunque no hayamos podido con otras que han vuelto a rodar hacia atrás. Con todo, no existe mejor lugar que esta montaña, con sus vientos tonificantes, desde donde se divisa el mundo entero. Ha sido una labor difícil y llena de desafíos, pero al mismo tiempo muy gratificante. Y aunque es mi deseo descargar de mis hombros esas rocas tenaces en la próxima etapa de mi vida, sé que echaré de menos la montaña. Sí, echaré de menos lo que es, al fin y al cabo, el trabajo que más ennoblece. Cedo a otros mi lugar con un obstinado sentimiento de esperanza en nuestro futuro común.
Ojalá que, por una vez en la vida, la montaña venga hacia nosotros al mismo tiempo que vamos hacia ella.
Ta logo, Kofi

Por qué no creo en las revoluciones

Uno de mis pasatiempos favoritos (más bien una de mis adicciones más feroces) es leer libros de conspiraciones del tipo Jesús era musulmán o Leonardo da Vinci es el hijo oculto de los Borgia; por eso me estoy divirtiendo un mundo leyendo Illuminati, de Paul Koch, que habla de la madre de todas las conspiraciones: el grupo de chalados que decidieron que el mundo no les gustaba como era y por eso se dedicaron a cambiarlo (para su beneficio). Entre tantas cosas, estos iluminados son los artífices de las revoluciones francesa, estadounidense y la de los países americanos. Ciertamente, Miranda, O'Higgins, Bolívar, Franklin, Hamilton y un largo etcétera fueron miembros de organizaciones masónicas cuya conformación secreta y tendencia a la universalidad están fuera de cualquier duda. Pero al margen de toda esta historia que conjuga las ambiciones de los banqueros con el devenir histórico y los flujos de espiritualidad de las catedrales medievales, el libro me ha dado que pensar en torno al asunto de la utilidad de las revoluciones y por qué yo las rechazo con tanto encono. Siempre me ha parecido que revoluciones como la francesa, la rusa, la estadounidense o la venezolana no fueron más que insalubres abscesos en la línea de la historia que siempre exige un desaguadero que, por el momento, alivie las tensiones entre los actores de los acontecimientos. Se llega a un momento de tanta presión que la misma sociedad da forma a una salida violenta para apaciguar los ánimos y rendir culto a los dioses de la venganza y la retaliación. A las revoluciones las mueve un sustrato ahíto de pasiones del tipo ojo por ojo y diente por diente, y no veo yo que eso lleve ni por casualidad a progreso alguno. Siempre se nos ha enseñado que gracias a las revoluciones (francesa, gringa, venezolana, etc.) hemos conquistado derechos tan importantes como la libertad, la igualdad, la fraternidad, el aborrecimiento de la esclavitud y toda una ristra de características que adornan lo que ahora consideramos democracia. Yo, en cambio, pienso que todas esas virtudes las hemos consolidado a pesar de esas revoluciones que, en el fondo, o eran conservadoras, como la de Estados Unidos, y su finalidad no era otra que mantener las cosas como estaban, o fueron verdaderos desastres nacionales como la francesa, la rusa y la venezolana, que dejaron postrados en la posguerra a los países donde ocurrieron. Muy noble y muy grande debe de ser la Humanidad que es capaz de recobrar la cordura tras estos festivales de sangre y venganza. Las revoluciones no traen progreso; son una advertencia de que las cosas no van como debieran. Al menos, el progreso no lo traen este tipo de escaramuzas donde hacen su agosto resentidos de toda clase y oportunistas astutos que saben usar la flama de la palabra.
Quizá las únicas revoluciones en las que yo confío son aquellas silenciosas que cambian el mundo y lo echan pa'lante sin que nadie pueda hacer nada, sin producir ningún trauma pero que moldean nuestra percepción para siempre y sin vuelta de hoja: el día en que Arquímedes descubrió el método para calcular el volumen de los objetos (¡eureka!), la noche en que Copérnico supo que la Tierra no era el centro del Universo y concibió su De revolutionibus, la tarde en que Andrés Bello entendió la función de los verbos en las oraciones y se propuso construir el edificio de su hermosa Gramática, el momento en que Descartes dio con la existencia casi tautológica del yo (si estoy pensando quiere decir, como mínimo, que existo). Esas son, para mí, las verdaderas revoluciones, y no aquellas acumulaciones de pus en las que los mediocres y los charlatanes hacen vendimia.

Nuevo número de Ficción Breve

Amigos, ya está on line el nuevo número de Ficción Breve, la revista electrónica dedicada a la literatura venezolana, y donde tengo mi riña de gatos mensual, para el que quiera. Pásense por allá y jurunguen todo lo que quieran.

19 sept. 2006

La maldita utilidad del crítico de oficio

Cuando comenzamos a estudiar Letras en la Universidad -¡imagínate!- en 1987, vimos una materia que se llamaba Introducción a la literatura, y fue la primera vez que nos enfrentamos con textos que reflexionaban sobre el arte de escribir. Recuerdo con especial cariño tres textos en particular: Apolo o de la literatura, Aristarco o anatomía de la crítica, de Alfonso Reyes; y el texto sobre la creación literaria de Edgar Allan Poe, cuyo nombre se me escapa en este momento*. Para mí fue un descuibrimiento ver que había toda una teoría sobre cómo criticar los libros que uno leía y que esto iba desde una simple impresión sobre el texto hasta un análisis exhaustivo de cada frase, cada palabra, cada miembro del lenguaje. Poe contaba cómo había construido su poema El Cuervo, en un ejercicio de profesionalismo; Reyes iluminaba el camino de cómo combinar la impresión y la exégesis para producir el supremo momento del crítico, esto es, el momento cuando emite un juicio. El juicio que muchos seguirán o denostarán, pero también el farol que servirá para que los lectores se guíen en esas selvas que son las bibliotecas. El prestigio de un libro es directamente proporcional a la cantidad de gente que lo alabe y si su prestigio es muy, muy alto, ya ni siquiera es necesario que sea leído para que la sociedad lo considere un clásico. Suele ocurrir con títulos como Don Quijote de la Mancha, la Ilíada, los Nibelungos, y así. Basta nombrarlos para saber que se trata de alta literatura, aunque no tengamos ni puñetera idea de qué van, y no sepamos, por ejemplo, que para entender de verdad El Quijote hay que llegarse apertrechado de una buena capacidad para entender el castellano del siglo xvii y anteriores, cosa que no es moco de pavo, y que no pocas veces la Ilíada es una ladilla total con sus tediosas descripciones de barcos, familias y linajes. Incluso con bodrios reputados como El código da Vinci muchos hacemos discreto silencio porque su señoría el bestseller ha emitido su juicio y ante los millones de ejemplares vendidos no hay nada que hacer. 6 mil millones de moscas no pueden estar equivocadas: coma mierda. ¿Para qué sirve el crítico, entonces, si la autoridad de la tradición y la popularidad que dan millones de ejemplares vendidos son suficientes armas para saber qué debemos leer y qué no?
Partamos del principio de que un crítico de oficio, además de ser un escritor frustrado, ejerce una labor parasitaria: sin novelistas se queda sin chamba, sin cuentistas pierde su curro, sin poetas no vuelve a pegar ni por casualidad. Así que, como es natural, mantiene una relación más bien disociada con los verdaderos creadores: él los necesita para comer pero al mismo tiempo sabe que su trabajo es decir la verdad o, por lo menos, su verdad. Y en este tira y afloja psíquico, el crítico se gana su fama de huraño, feo y envidioso de la capacidad natural y fresca del que sí tiene imaginación para crear el infinito universo y sus mundos. El crítico sabe que tiene oídos para oír pero que carece de cuerdas vocales para decir; es una sirena muda con un oído musical absoluto. ¿Es esto una desgracia?
Yo creo que no: ejemplos de grandes críticos sobran. Lo único que debe tener presente un crítico de buen corazón -que los hay, en serio- es que ellos hacen el camino inverso: mientras el creador inventa nuevos cosmos con su pluma gentil (es decir, emprende un camino onomasiológico), el crítico interpreta, describe, explica lo que percibe (poniendo en escena un proceso semasiológico, con el que regresa al origen de las cosas). Lo que convierte a crítico y creador en una dualidad ya conocida: el criminal que prepara el crimen y el detective que lo devela. Son el criminal que deja las pistas de su torpe creación y el detective que las descubre y sabe leerlas. Mr. Hyde que hace y Sherlock que descubre.
¿Hay una pareja más hermosa y complementaria que esa?
* ¡Me acordé!: Filosofía de la composición, se llama.

14 sept. 2006

Mil palabras por una imagen

Los que quieran cobrar de inmediato sólo tienen que presionar sobre estas palabras; de lo contrario, pueden seguir leyendo. Hemos siempre dado por buena la frase «una imagen vale más que mil palabras» porque la publicidad, entre otros, nos ha demostrado que es cierta. Donde esté un buen coche, unas tetas y una puesta en escena sugerente ya se pueden apartar las palabras más sonoras, ya se pueden desvanecer las frases mejor elaboradas. Quizá porque desde muy pequeños los ojos son los órganos que nos permiten con mayor credibilidad entender lo que nos rodea, es por lo que damos tanta importancia a la forma y el color, al volumen y la textura de las cosas. El universo simbólico comienza en la superficie de nuestro globo ocular, y a partir de allí todo lo demás cobra «sentido común». Y, encima, otras dos facultades se confabulan con la visión para aumentar nuestra confianza en el cosmos de las imágenes: el tacto nos enseña la inmensa variedad de consistencias que pueden ofrecer las cosas, el gusto y el olfato nos abren una dimensión nueva para rechazar y aceptar, para aburrir y para entrar en el territorio de la adicción.
Así que este invento humano, las palabras, no tienen nada que hacer cuando una imagen se impone con toda su majestad; a la ardua felicidad de un libro se contrapone la deliciosa modorra de una película; la sesuda cadencia de los ensayos se disuelve ante las figuras sobre el lienzo —sobre el lienzo de todas las épocas— y madonnas, sansebastianes, faraones, sardanápalos, ninfas, vénuses y cabezas cortadas son un ejército demasiado poderoso para las metáforas, las aliteraciones y los tropos enanos de un artefacto —el lenguaje— demasiado primitivo y lento. ¿Por qué, entonces, el ser humano no hace otra cosa sino hablar y hablar y hablar? William Shakespeare, uno de los mayores inventores de imágenes, uno de los que dejó como herencia para nosotros formas plásticas que ya viven en nuestro común inconsciente, no pudo ser más certero y breve para describir el hábito preferido del ser humano: «palabras, palabras, palabras», dice Hamlet y en esa melancólica aliteración queda plasmado el cosmos que en realidad vemos: no es más efectiva una imagen que mil palabras —ni tres— porque hemos olvidado que lo que vemos con los ojos no son formas, sino interpretaciones de la realidad.
Cada vaso que tomamos, las curvas de la chica que nos gusta, el torso ancho y sudoroso del chico que nos seduce, los colores de las alas de los animales y el movimiento de los brazos por fuera de la ventana de los coches no son sino grupos de palabras comprimidas en nuestro cerebro; grupos que somos incapaces de desgranar, de expandir con las cuerdas vocales no porque no existan o sean imposibles sino porque aún no hemos entendido del todo que en nuestro cerebro los pensamientos no ocurren en línea recta, ni en círculo, sino que son una nebulosa en constante movimiento de cuyo dinamismo emergen las ideas. Cuando soñamos, relajados y libres de las preocupaciones cotidianas, temporalmente adormilados los demás sentidos, esta nebulosa tiene mayores posibilidades para interactuar con ella misma y para dar paso al «onanismo de las ideas»; por eso en los sueños igual estamos sentados en un avión como le disparamos a unos gigantes con un rifle de precisión; igual volamos por encima de los pinos de la casa impulsándonos con las manos contra el suelo para coger altura, como percibimos cómo baja la excitada humedad por el borde de una vulva justo antes de que nos despertemos —otra vez en sueños—. Quizá no es del todo descabellada la idea de que cada uno de nosotros lleva un Freddy Kruger dentro, el efrit de los sueños que decide si esa noche descansaremos apaciblemente o moriremos de nuevo de manera atroz. Shakespeare de nuevo nos legó sus sueños de una noche de verano y nuestro enorme Cervantes (¿es necesario decidir quién es el mayor de los dos?) creó al soñador por excelencia, el caballero de la larga figura que, harto de leer lo que quería ser (aquí, sí, las palabras valieron más que las imágenes), se convirtió él mismo en lo que su cabeza leyó durante tantos años, y por fin el mundo vio cabalgar, entre su groseras parcelas, al sueño febril de un caballero medieval y posmoderno al mismo tiempo.
Las palabras formando una gramática sobre el papel, o sobre este soporte nuevo que es la pantalla del computador, son las hormigas hermanitas que caminan una detrás de otra, pasándose en ordenada estrategia el sentido de lo que se dice desde el nombre hasta el complemento, llenándolo de energía en los verbos para descargar su fuerza en la acción de los sustantivos, modificando esta fuerza con la cauta magia del adjetivo; y este es otro tema, el del adjetivo, esa munición maldita: no hay que olvidar que, como dijo el poeta, «el adjetivo, cuando no da vida, mata». Y quizá Huidobro se refería a que eso que en el lenguaje da forma a las cosas (blanco, bajo, poderoso, siniestro, cálido, procaz) y que es el reflector que ilumina las imágenes que contienen los vocablos (el lector ya habrá supuesto que si las imágenes son palabras comprimidas, las palabras están preñadas de imágenes), puede hacer explotar la línea férrea que las hormiguitas van dibujando renglón a renglón si no se usa con mesura. El uso inapropiado de adjetivos marchita la belleza de la imagen contenida. O la oblitera. Lo mismo ocurre cuando repetimos una palabra muchas veces hasta vaciarla de sentido, o hasta que adquiere otro, otro, otro, hasta que ya no sabemos lo que significa ni cómo se pronuncia.Por esa razón se me ocurrió escribir esto esta mañana, porque me he levantado de un sueño liliputiense —el señor de los sueños no es demasiado complaciente conmigo en estos días— repitiendo la frase «a babor», y me he dicho que no es verdad que una imagen tiene más valor que la palabra mil.

13 sept. 2006

Poemas en los billetes

Una de las sorpresas más inesperadas que me llevé en mi primer (y hasta ahora, único) viaje a Colombia (en el que conocí el hermoso pueblo de Taganga, de donde tomé el nombre de mi blog, pero esa es otra historia) fue descubrir que en el billete de dos mil pesos estaba reproducido completo, si mal no recuerdo, el Nocturno III de José Asunción Silva ("Una noche/ Una noche toda llena de perfumes,/ de murmullos y de música de alas", comienza) y por el otro lado la efigie del autor. Imaginé el truco pedagógico del portento al que se le ocurrió semejante hazaña: todo el mundo, todos los días, en todo el país se pasaría el poema una y otra vez cuando compraran un mango, pagaran el autobús o pidieran un café. Tarde o temprano ocurriría con los colombianos lo que me ocurrió a mí: se quedarían tratando de leer el poema y mirando la cara del que lo escribió. ¿Se puede urdir una función más útil para un billete? No lo creo. Pensé con tristeza, también, que los billetes de mi país estaban llenos de caras de militares, de batallas, de guerra, de muerte (bueno, ahora parece que al menos el billete de cincuenta mil tiene a José María Vargas y la Plaza del rectorado de la UCV, con su maravilloso reloj de trípode entorchado). Pero aún falta mucho tiempo para eliminar del imaginario venezolano la pesada losa patriarcal de Bolívar -que es epónimo de tooodas las cosas y lugares en Venezuela- y sus militarcitos de la independencia, que ya me tienen podrido, y que conste que lo dice alguien que se dedica a leer sobre ese periodo -justamente, para desmitificarlo-. Que sepan que yo prefiero al Miranda civil y erudito por encima del militar que se dejó engañar por cuatro mantuanos ignorantes y traidores. Prefiero al Miranda que se defendió como un Sócrates exitoso contra la guillotina de Robespierre, que al Miranda ofuscado porque en 1810 los mantuanos seguían ningunéandolo. Prefiero al Miranda que desayuna con la zarina que al Miranda que come mierda en La Carraca, sin duda. Y preferiría que los billetes de mi país estén perfumados de poemas antes que infectos de batallas y galones de esos aterrados seres que tienen que andar con pistolitas encima para que la gente les tenga respeto. Y eso.

Corrección:
Es el billete de cinco mil pesos el que tiene impreso a Silva y su poema...

El creador y el compromiso con su época

Hubo una época en que se le exigía al creador poner su talento al servicio de una causa, cualquiera, la que considerara más justa. En esa época, si eras escritor de novelas, por ejemplo, tus novelas debían reflejar la realidad de tu país, debías utilzar la excusa de un argumento para mostrar de qué manera el Estado, o la Iglesia, o los empresarios habían convertido a tu pueblo en unos esclavos. No estaba esa época para guiños a la imaginación y el cultivo del territorio ficticio, sino para la pluma recia que escribía con el oído (y el odio) pegado a la tierra. Las novelas de los escritores no eran libros, eran espejos de la realidad; el escritor no era un artista, sino un cristalero que caminaba hacia el futuro con un espejo en alto y, por ese espejo, pasaba una galería de personajes que eran los mismos con los que compartías el suelo de tu patria. Esa época no era condescendiente con aquellos artistas empeñados en vivir encerrados en sus torres de marfil, egoístas, incapaces de entender que poseían un poder capaz de transformar la sociedad. Esa época estaba segura de que un arte como la literatura era el vehículo perfecto para educar a la masa sin-voz, y que esta lo agradecería.
Habían confundido al creador con el ciudadano, y lo habían condenado a ser un manual de urbanidad y no el conducto de la imaginación. Habían olvidado que la realidad está allí, y que no es posible eludirla, que no hay escapatoria hacia el mundo de lo ficticio porque la realidad es más expansiva y por eso era una tautología tratar de ser voluntariamente un reflejo de la realidad, porque eso es como estar pendiente de que se respira no vaya a ser que a la nariz se le olvide. Y se habían empeñado, por fin, en utilizar un rastrillo para zurcir la seda, porque no hay creación que cambie una sociedad si esta sociedad no está preparada para cambiar. Conscientemente, el arte no debería tener nada que ver con el cambio de actitud de una sociedad, so pena de malograrse.
Pero en esa época estaban empeñados en no dejar que el creador fuera tan solo eso y que, el resto del tiempo, cumpliera las funciones que todos los ciudadanos cumplían. No querían dejar que el creador fuera el que decidiera cuándo, cómo y dónde poner sus intereses creativos y por eso el creador estaba lisiado, con la oreja pegada al suelo de su patria tratando de oír las palpitaciones de la misma y perdiéndose espectáculos estimulantes como el señor que se rasca la espalda contra la pared, los zamuros que conversan animadamente mientras juegan dominó con un loro, o la fuente de donde brotaba tinta a las seis de la mañana.
Los creadores de ese tiempo hubieran querido vivir en éste, en el que nadie les reclama reflejo alguno, en el que a nadie le interesa si su talento alaba al poderoso o lo critica, en el que son libres de escribir, de pintar, de componer, de filmar lo que sea, porque a nadie le va a molestar. Una época dorada. Cómo no.

12 sept. 2006

El pupitre y el culto de la mediocridad

Estoy convencido de que uno de los instrumentos más efectivos para adormecer la capacidad de raciocinio en la escuela es el pupitre. En realidad, me refiero a la ecuación pupitre/frente a la/pizarra. Desde muy pequeños, desde primer grado, somos obligados a sentarnos (mejor, a encajarnos) en ese incómodo asiento y a mirar durante cinco, seis horas hacia delante (con breves pausas llamadas, significativamente, recreos); nos enseñan desde párvulos a mirar hacia la pizarra, allí donde una persona se dedica a atiborrarnos de información muchas veces sin ninguna gracia ni talento oratorio. A este ejercicio le llaman cumplir los objetivos
Y, claro, como estamos en una edad inquieta, nos revolvemos en ese pequeño potro de tortura, lo rayamos, le pegamos chicles por debajo, nos balanceamos en él, nos jurungamos unos a otros, nos tiramos papelitos: finalmente, él es más poderoso que nosotros y terminamos dominados.
Esto lo puede constatar un observador externo a las nueve de la mañana si se pasea tranquilamente por los pasillos que dan a los salones de cualquier escuela: reina un silencio sepulcral, en realidad un silencio pupitral: todos los alumnos están encajados en sus maquinitas de embrutecer, mirando hacia el frente, tratando de captar algo de lo que se dice por allá, en las alturas de la pizarra. No me extraña que haya tantos niños con los llamados problemas de atención, porque lo que se requiere de nosotros no es capacidad de atención sino ascensión al nirvana. Ni un gato está más quieto cuando va a cazar un pájaro, ni un león está tan inmóvil cuando va detrás del ñu.
Estoy seguro de que si la educación prescindiera de esa puesta en escena a la hora de enseñar, si optara por una nueva relación con el conocimiento -quizá la que Aristóteles probó con el joven Alejandro y sus compañeros en el santuario de Mieza, una que no molestaría para nada a Simón Rodríguez ni a Bertrand Russell- sería más fácil hacer que todos cojan el gusto por el asunto más pronto. No se trata de un canto a la indisciplina; se trata de traer la educación a nuestro tiempo; porque, ¿alguien se ha dado cuenta de que esto de los pupitres ya lo usaban en Salamanca cuando fray Luis de León daba clase allí? En muchos aspectos, la educación que recibimos sigue siendo de corte medieval, llena de ideas preconcebidas que van más allá de la simple enseñanza de la regla de tres o de las características de la mitosis: nos educan para que tengamos una determinada visión del mundo, para que, por igual, rechacemos o adoremos (que es lo mismo) lo tortuoso, no el saber. No hay nada que incentive más el embrutecimiento del espíritu que la rigidez del que enseña, más interesado en establecer una jerarquía que en compartir gozoso un conocimiento. En una sociedad de borregos importa más la vanidad del maestro que la lumbre de la verdad. Por eso quizá he sentido siempre lo acertado de la siguiente frase, que leí en un poeta alemán cuyo nombre he olvidado, y en la que se puede sustituir la palabra universidad por centros de enseñanza: la universidad es el lugar donde la mediocridad rinde culto al genio. Y el pupitre es su reclinatorio, agrego yo.

El oficio de escritor

Hace mucho años leí El oficio de escritor, un pequeño ensayo del novelista Guillermo Meneses, en el que dejaba claro lo que para él significaba el trabajo al que dedicó buena parte de su vida. Recuerdo que reflexionaba de una manera -para mí- nueva sobre una actividad con la que cada vez me sentía más identificado; la escritura no podía ser un mero pasatiempo, ni un hobby, ni el complemento gracioso de la verdadera labor. Meneses trataba de devolverlo a la simple dignidad de ser un oficio como cualquier otro. El escritor debería compartir una metafórica mesa laboral con el carpintero, el abogado, el médico, el comercial, el pescador: las cosas que el ser humano tiene que hacer para ganarse la vida, aunque ya Mafalda anotó que los gatos no necesitan nada más para ser lo que son, mientras que nosotros parece que estamos obligados a ejercer un oficio para llamarnos humanos. Cosas de niños.
El breve ensayo de Meneses, que estaba incluido en Espejos y disfraces, la muestra antológica de las novelas, los cuentos y ensayos del escritor caraqueño editado en la colección insignia de la Biblioteca Ayacucho, ese poso literario donde se pueden leer todos los textos fundamentales que se han escrito en Latinoamérica, llegó a mí en un momento en que descubría el universo de El falso cuaderno de Narciso Espejo al mismo tiempo que entraba alumbrado y sin herramientas en la literatura de Thomas Mann (su telúrico y musical Doctor Faustus, sus sugerentes y eróticos diarios, su Muerte en Venecia, que parece pensada para que Visconti hiciera una peli hermosa, y Dirk Bogarde sudara tinte para el pelo ante los seductores bucles del Tadzio Bjørn Andresen); era la erótica de Mann, de quien Meneses había aprendido no pocas lecciones.
En efecto, desde hace muchos años muchedumbres de escritores tratan (tratamos) de vivir de lo que escriben, proeza que casi siempre es imposible, porque no termina de ser considerado el asunto un trabajo más, porque los puestos de trabajo son más bien pocos (sobre todo, el cargo de escritor de best-sellers es el que más se solicita y el que menos plazas ofrece) y porque, todo hay que decirlo, a este oficio le suele ocurrir lo que le ocurre al sentido común según Descartes y que ya he comentado antes: todo el mundo cree tener el suficiente, se conforma con el que posee y no viene a por más. Y quiero agregar que con la escritura creativa nos ocurre a la gente como cuando nos topamos con una humilde flauta dulce: de inmediato la cogemos, como si fuera un cacharro de cocina y la hacemos sonar para demostrar que sólo es una flautica y que cualquiera puede tocarla. Solemos perpetrar los pollitos dicen y la dejamos en la mesa al instante porque sabemos -muy en el fondo- que ese tesoro de sonidos no fue hecho para estas vulgaridades sino para los descensos cromáticos de Bach, las bondades de Telemann, las piruetas de Vivaldi, la carreras imposibles de Attaignant y las parafernalias de Loillet. Ah, y para desplegar las maravillas de El diablo suelto. Lo demás es bosta de vaca.
Porque la poesía es la más inocente de las acciones y el lenguaje es el más peligroso de los bienes, que dijo aquel poeta, tendemos a pensar que si la literatura se hace con palabras, que es lo que uso todos los días, pues no debe de ser difícil que yo me considere un escritor. Y nada más lejos de la verdad. También cagamos todos los días y no por eso somos nutricionistas. También cocinamos arroz y pollo para almorzar y no por eso somos chefs (¿se debe decir chefes?). Si uno quiere tener la aspiración, que no la licencia, de ejercer este oficio, debe empezar primero que nada a considerarlo como tal. Y, como tal, debe empezar a tratar de aprender los trucos, las lecciones, los procedimientos; igual, igualito que un aprendiz de albañil, un pasante de hospital o un ayudante de artista plástico. Tiene que empezar a ejercer el oficio y eso requiere, como todo, tiempo en cantidad.
Lo malo es que este oficio suele ser remunerado después, muchos años después. Aunque hay que recordar que también hay médicos que llevan un taxi, cantantes que sirven cafés e ingenieros que venden pantaletas. Pero pregúntenles a cualquiera de ellos a qué se dedican y les contestarán de inmediato: soy médico, o soy ingeniero o seré una gran actriz; nunca dirán voy a operar a mucha gente, pero cuando termine el turno de mi taxi; ahora mismo me voy al teatro Kodak a recoger mi Oscar, después de mi turno de la tarde en la cafetería. En cambio, cuando uno dice que se dedica a escribir de inmediato te preguntan, bien, ¿y con qué te ganas de la vida?
-Llevando un blog -me dan ganas de contestarles.

11 sept. 2006

Francisco de Miranda, el revolucionario incómodo.
(entrevista de E. A. Moreno-Uribe)

El novelista Juan Carlos Chirinos ha escrito "Miranda, el nómada sentimental", la más reciente biografía del Prócer. Él ahora subraya los conflictos del quijotesco personaje con Simón Bolívar y otros mantuanos venezolanos

E.A. Moreno-Uribe

Nunca sospechó Francisco de Miranda (1750-1816) que a 200 años de su desembarco en la Vela de Coro para iniciar la independencia política de la provincia de Venezuela, se le ofrecieran tantos homenajes a su magna gesta y que, además, sus compatriotas descendientes comenzaran a escudriñar en su historia, para hacer conocer todas la facetas de su rocambolesca historia. Pero jamás se imaginó que para acentuar más las celebraciones de su bicentenario, un casi cuarentón escritor, y de los mejores, como es Juan Carlos Chirinos se enamorara de su saga e hiciera con ella una biografía, Miranda, el nómada sentimental -336 páginas editadas por el Grupo Editorial Norma- que es más un bien una deliciosa novela histórica, muy bien escrita, que hace amena la revisión de su pasado. Chirinos, desde Madrid, explica que se interesó por el prócer ya que había leído algunos fragmentos de los diarios de Miranda, y desde la época de la Universidad nunca dejó de revisar un librito hermoso: Los clásicos griegos de Miranda, de Juan David García Bacca. "Y cuando surgió la posibilidad de hacer una biografía, no lo dudé un momento y acepté: era mi oportunidad para conocerlo a fondo".
-¿Por qué fracasó o por qué no culminó su campaña admirable? ¿Le tenían miedo los mantuanos metidos a revolucionarios?¿Hay un cierto sino trágico en los revolucionarios que no son comprendidos en su tiempo o son traicionados?
-Cuando Miranda se embarca en la empresa para liberar Venezuela, en 1806, la gente salió corriendo cuando llegó a La Vela de Coro y a Ocumare. Más tarde, en 1810, los mantuanos lo buscan para que los ayude a defender la Primera República. Él acepta, pero pienso que entre su mentalidad cosmopolita (se trata de un hombre que vivió más de 30 años viajando por el mundo, alejado de Venezuela) y la visión más bien provinciana de los mantuanos revolucionarios, había un abismo enorme. Ni Miranda comprendió que ellos no estaban preparados para una revolución al estilo estadounidense o francés, ni ellos entendieron que un movimiento secesionista es algo más que lanzar proclamas y "construir" un Estado ficticio. Cuando los españoles los derrotan (por culpa, por cierto, de la torpeza de un muy novato Bolívar en Puerto Cabello), los mantuanos no dudan en entregar a su cabecilla, Miranda, para salvar sus cuellos y sus propiedades. Algo de cainismo hubo en el final de la Primera República, y en parte se debió a que él no era de la misma clase social que los Bolívar, los Tovar o los Soublette. Pagó los platos rotos el más tonto, y, sin duda, el más peligroso de los revolucionarios. El sino trágico de Miranda "estaba cantado". No es que no se le comprendió; más bien se le entendió demasiado. Si hubiera seguido vivo, Miranda habría sido un estorbo tanto para la corona española como para los mantuanos. Es el revolucionario incómodo, ese admirable musiú nuestro, como lo llama Elías Pino Iturrieta.
-¿Cómo queda Bolívar en este libro, teniendo en cuenta lo que pasó con Monteverde y la famosa negociación que el español después burló?
-No hablo demasiado de Bolívar en el libro, porque en realidad el Libertador no es tan importante en la vida de Miranda. Cuando se conocen, en Londres, él es ya un hombre célebre en ambos continentes; Bolívar, un muchachito impulsivo. De hecho, casi estropea las relaciones diplomáticas con el Primer Ministro inglés, William Pitt, por bocón. Luego, cuando están en Venezuela, Bolívar ve a Miranda como a un héroe; Miranda no le hace demasiado caso, porque Miranda era todo un gentleman; Bolívar apuntaba maneras, pero aún le faltaban tablas. Y sí, Bolívar fue uno de los que prendió a Miranda en La Guaira, prestándose a la traición. Se dice que Miranda pretendía huir con el tesoro de la Primera República; si lo iba a hacer no sería para gastárselo en lujos. Miranda era un hombre recto y demasiado famoso como para convertirse en su vejez en un pillo. Yo creo que lo traicionaron todos ellos. Porque les convenía.
-¿Cuál es el criterio con el que elaboró esta biografía?
-Oír a Miranda, esa fue mi consigna. Me sumergí, y sigo sumergido, en la Colombeia , el archivo de Miranda, para saber qué pensaba, cómo escribía, cómo contaba su vida. Así escribí este libro. Los demás textos de la bibliografía me sirvieron de soporte; pero las palabras de Miranda fueron lo más importante. Ah, y el extraordinario cuadro de Michelena. El Archivo es enorme; de él pueden salir varias biografías, varias novelas, varias enciclopedias.
-¿Cómo fue su método de trabajo? ¿Qué tiempo le consumió?
-Comencé a trabajar en este libro en 2001. Calculo que le dediqué un promedio de cuatro o cinco horas al día. Muchas horas en la Biblioteca Nacional en Madrid; varios viajes a Venezuela a buscar libros, ver su Archivo, fotocopiar algo que no tenía a la mano en España. Formalmente, armé una especie de índice cronológico y a partir de allí comencé mi lectura, la investigación. Es como cuando comienzas un videojuego de estrategia en el que el mapa que debes recorrer está todo tapado por una capa oscura: la vida de Miranda se me fue "apareciendo" a medida que iba leyendo, escribiendo e investigando. Fue como descubrir el Nuevo Mundo. Una delicia.
-¿Qué es lo nuevo o lo nunca antes escrito sobre Miranda en este libro?
-La verdad, creo que todo y nada es nuevo. Después de biografías como las de Picón-Salas o Polanco Alcántara (y la de Inés Quintero, que debe de ser excelente y que no he tenido oportunidad de leer), no creo que yo pueda atreverme a decir que "descubro" cosas nuevas en la vida de Miranda. Lo único que puedo decir con seguridad es que esta biografía es mi lectura personal. La visión de un exiliado venezolano sobre otro exiliado... bueno, hay algo que me gustaría resaltar: Miranda fue el protector del célebre médico militar James Stuart Barry, que en realidad era una mujer disfrazada de hombre, y de la que están haciendo una película en Inglaterra. Barry lo quiso tanto, que le dedicó su tesis doctoral.
-¿Y ahora qué, después de esta biografía? ¿Dónde queda su novelística?
-Ahora mismo estoy terminando un ensayo más bien político, pero cuando me libero trabajo en dos novelas de las que, por supersticioso, no pienso contarte nada. Sólo que una se desarrolla en la Antigüedad y otra en nuestro tiempo. Pero voy poco a poco, sin prisas. Además, todavía tengo una novela inédita sobre el amor en Caracas, a la que le estamos buscando editor. A ver si hay suerte.
-¿Hay planes para venir a Caracas? ¿Sabe de la película sobre Miranda que hizo Diego Rísquez?
-¡Qué ganas de ir a Caracas y a Valera! ¡Qué ganas de comer tequeños otra vez! No sé si pueda ir este año, pero en cuanto pueda escaparme agarro un avión y les caigo por allá. La película de Rísquez no pienso perdérmela, me produce una curiosidad inmensa y me sentiría orgulloso si la pasaran aquí en Madrid.
(El Mundo, Caracas, lunes, 11 de septiembre de 2006)

Las familias no tan felices de Fuentes


Este fin de semana me sumergí en el muy publicitado último libro de Carlos Fuentes, a quien no leía desde hacia varios títulos. Conservo el turbador recuerdo de La muerte de Artemio Cruz, y las experiencias iluminadoras de Aura y Terra nostra; y el recuerdo no menos instructivo de los artículos de prensa, aunque no sean pocas las veces en que esté en desacuerdo con la postura que despliega en ellos. Por supuesto, soy un lector magro de este autor, que ha escrito más páginas de las que soy capaz de leer. Por eso, para tratar de subsanar esta pequeña laguna, y porque leí alguna de las entrevistas al autor este fin de semana en los suplementos culturales de Madrid que despertaron mi curiosidad (las declaraciones sobre los sentimientos que guarda hacia sus dos hijos fallecidos son conmovedoras), decidí el sábado ir a la librería y traerme como trofeo Todas las familias felices, editado por Alfaguara, su editorial de costumbre, con el entusiasmo de la novedad entre mis manos.
Pero no me duró mucho el impulso, porque pronto el texto me desanimó. No porque Fuentes no conozca el oficio, de ninguna manera, es un virtuoso, ni mucho menos porque el tema sea de poco interés -la violencia, la corrupción en México-. Son una serie de cuentos cuya conexión formal son unos textos de tendencia poética, a los que El Cultural de El Mundo ha llamado "textos rapeados" y que no parecen tener esa intención. La conexión temática, como ya he dicho, es la violencia, la corrupción, las relaciones familiares y políticas en México. Es un libro muy organizadito, la verdad, escrito con una mano firme y consciente de la finalidad que persigue. Pero me resultó aburrido. Tanto, que dejé el libro por la mitad, desalentado, desolado, sin más lecturas suculentas que hacer. La prosa de Fuentes en este libro padece de un cansino tono didáctico y, para decirlo en una sola frase que me gusta, es un libro escrito con la corbata puesta. Y eso no tiene por qué ser negativo; simplemente a mí ya ese tipo de libros no me dicen nada. Quizá se deba, cavilo un tanto preocupado, que cada vez soy más frívolo y la televisión me está haciendo perder la papilas necesarias para comulgar con este tipo de discurso. Creo, de todas formas, que me gusta muchísimo más el Fuentes que narra la escatológica muerte de Artemio Cruz con todas sus marramucias, y la mágica espiral escrita en segunda persona del futuro de Aura, que aún me deja con la sensación de que la brujería no se ha acabado del todo. De todas maneras, estoy seguro de que este libro va a tener éxito, porque los fans (y los conocedores) de Fuentes sabrán encontrar, mejor que yo, los diamamantes escondidos entre sus palabras. Y los rescatarán para el futuro venidero. Mira tú qué bien.

10 sept. 2006

Ideología, esa palabrita mandona

Algunas palabras tienen una historia más larga y azarosa que otras, y por eso sus orígenes se pierden en leyendas brumosas y opacas explicaciones. Mas cuando salimos en busca de ellas, cuando las remontamos como el explorador que va tras el nacimiento de un río, nos damos cuenta de que aquello que creíamos fácil de asir se bifurca indefinidamente y no es posible reconocer la palabra en su origen. Eso pasa con democracia, con mitología, con dictadura, con oligarquía y hasta con escuálido. Y pasa con la ideología, que es la punta de un iceberg histórico curioso de conocer: fue Antoine-Louis-Claude, conde de Destutt de Tracy el primero que utilizó la palabra para nombrar su propia "ciencia de las ideas" que dejó consignada en un librito que se llama Éléments d'idéologie (Elementos de ideología), y que pronto fue traducido a varios idiomas, incluido el español en 1821. Al principio, esta nueva manera de acercarse al conocimiento fue recibida con entusiasmo por la naciente república francesa, al punto de ser considerada como la doctrina oficial del Directorio entre 1795 y 1799; incluso Napoléon Bonaparte fue uno de sus valedores; pero con el tiempo el general se separó de Destutt y finalmente, en su exilio de Santa Elena, expresaba abiertamente su desprecio por la ideología del pensador francés. ¿En qué consistía esta ciencia de las ideas? La Encyclopædia Britannica la secciona en cinco características: (1) una teoría que más o menos explica la experiencia humana y el mundo; (2) que plantea un programa de organización social y política en términos generales y abstractos; (3) que entiende que la realización de este programa conlleva una lucha; (4) que busca no sólo persuadir sino reclutar simpatizantes leales a quienes exigir un compromiso; y (5) que está dirigida al público en general, pero tiende a conferir una atención especial a los intelectuales.
No es difícil observar cómo persisten estas características en las distintas ideologías que se han desarrollado durante los siglos xix y xx, desde el fructífero positivismo del siglo xix hasta el ignorante socialismo del siglo xxi. Y es que la finalidad de la ideología, tal como la entendemos hoy, se ajusta a la definición inicial que da la Britannica: una forma de filosofía social y política en la cual los elementos prácticos son tan importantes como los teóricos. Es un sistema de ideas que aspira, al mismo tiempo, explicar y cambiar al mundo. Nada más y nada menos.
Y, claro, aquí es cuando entiendo por qué a mí nunca me ha gustado eso de seguir una ideología. Sin saberlo, mi espíritu se rebelaba contra un sistema que te obliga, por definición, a estar comprometido lealmente con él, a luchar para que se instaure en el mundo y que encima va dirigido preferentemente a esa clase pavosa que son los intelectuales. Y no sólo eso: además la ideología ha llegado a nuestra vida con la vana pretensión de cambiar el mundo que -por cierto- ya se cambia solito sin que nadie lo esté ayudando.
Lo que subyace en el fondo de mi rechazo hacia las ideologías, o mejor, hacia la profesión de una ideología en particular, es lo que de obligatorio tiene, lo que de dogmático puede generar: cuando sigues una ideología, difícil será que trates de actuar de manera contraria porque de inmediato tus correligionarios (y nunca antes mejor utilizada esta palabra) te acusarán de esquirol, de contrarrevolucionario, de disidente, de pajúo, y este es un camino que lleva, a mi manera de ver, hacia la anulación del pensamiento, del individuo y de ese bien preciado que es el libre albedrío. Y vuelve la frase: sí, sí, soy muy amigo de Platón, es pana, pero más amigo quiero ser de la verdad, dicen los latinos (aunque aún hay que preguntarse qué es eso de la verdad). En todo caso, que una serie de reglas elaboradas antes de que yo me enfrente con el mundo y sus cosas me indique de qué manera debo comportarme en ese mismo mundo, levanta demasiadas sospechas en mi alma levantisca y simpática hacia la rebelión del dador de luz. La preceptiva, ciencia que se ocupa de elaborar leyes y reglas, no es tan flexible como la descriptiva, ciencia que se encarga tan sólo de describir lo que percibe. Mejor Artistóteles que Boileau.
Por eso me gustó tanto una frase que leí en una página web sobre anarquismo, y que he atesorado en el cofrecito de las sentencias sobre las que hay que pensar siempre:
En la teoría, tú tienes ideas; en la ideología, las ideas te tienen a ti.

9 sept. 2006

La libertad para no estar de acuerdo y el cofre de los secretos

Hace muchos años leí un razonamiento que me ronda la cabeza cuando pienso en el libre albedrío. Trataba sobre el Universo y sus leyes. Según este razonamiento, el Universo es gobernado por un número x de leyes y basta conocerlas todas para poder predecir un hecho en un lugar determinado en un tiempo determinado. La Teoría del Campo Unificado (TCU) era la teoría que permitiría a los científicos juntar todas esas leyes en un solo pack, y de ahí en adelante todo sería coser y cantar: tendríamos una teoría que nos permitiría calcular los planes de Dios, ni más ni menos. Ni Tarots ni I-Ching ni ná: TCU para todo el mundo. Pero el razonamiento no paraba allí. Ya que estas leyes estaban siendo buscadas por científicos desde dentro del Universo, y estas leyes existían para regir todo el Universo, incluyendo a los científicos teóricos, no había ninguna razón para no pensar que estas mismas leyes podrían ser un obstáculo para llegarlas a conocer: ¿quién podría estar seguro de que las mismas leyes no llevarían a conclusiones erróneas o, incluso, a ninguna conclusión? El razonamiento dejaba atrapado a los científicos dentro de su propio experimento -y a nosotros también, de paso.
Toda esta maluca reflexión la hizo, cómo no, Stephen Hawking en su famoso Historia del tiempo, libro escrito para nosotros, los analfabetas matemáticos, que no entendemos ni siquiera la más sencilla de las ecuaciones diferenciales. Y muchas de las ideas allí planteadas, como esta que acabo de exponer, me persiguen como advertencias que hacen temblar la sed de conocimiento. Son los lobos peludos y verdes que esperan afuera para comerse a la joven del agua que nada en mi cabeza.
Y, como no sé hacer otra cosa con la ciencia sino aplicarla a las humanidades que estudié, he pensado que puede ser una buena metáfora para aplicársela a lo que ocurre con la libertad de pensamiento, con el libre albedrío, con la capacidad para disentir.
En principio, para no estar de acuerdo, o para tener una opinión diferente de la oficial, o la tradicional, o la histórica, hay que apertrecharse de una buena dosis de hechos que confirmen que la manera diferente como uno piensa está mínimamente respaldada por argumentos sólidos. Y además, hay que asegurarse de que la opinión que uno adversa, o de la que difiere, tiene los pies de barro o, por lo menos, de arcilla mal cocida. Y aquí viene la analogía: ¿cómo sé yo que mi visión del mundo me va a permitir acertar con la opción correcta, si es el mundo mismo donde estoy el que forma esa misma visión? Descartes comienza sus animadas reflexiones diciendo que el sentido común es el mejor repartido de los sentidos porque todo el mundo cree tener el suficiente, y no le falta razón, porque de lo contrario andaríamos por el mundo desbarrando. Pero, ¿cuánto de común tiene el sentido si para cada aspecto de la vida podemos encontrar por lo menos dos maneras de ver el mundo? Si uno se dedica tozudamente a usar la chorla, como dicen los sevillanos, se dará cuenta pronto de que hay que ser más cautos de lo que parece, y hay que militar sin fanatismo en la facción de santo Tomás, pero no el de la Summa.
Y yo me digo: ¿no es ya suficientemente complicado formarse un precario criterio de las cosas para encima entregarlo a cambio de cualquier bien? ¿No es el libre albedrío el más preciado de los dones ganados al Edén, luego de que Adán y Eva tuvieran la magnífica idea de probar la manzana y dios que se joda? Quizá aquel proverbio latino, soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad, esconde claves más profundas de las que pensamos a primera vista, como si fuera el link para un nuevo bestseller con Tom Hanks haciendo de culto.
La libertad para no estar de acuerdo no es un derecho, es una de las partes esenciales de nuestro -llámenlo como quieran- espíritu, conciencia, voluntad, ser o alma. Porque, de lo contrario, si accedemos a no usar esta libertad, si la cambiamos por la comodidad de un puesto, de un premio, de una prebenda, de un lugar entre vosotros, estamos quizá dejando que el Universo nos lleve a su antojo como aquel grano de polvo que le baila al sol; estamos dejando, peor que peor, que sea otro igual de ciego que nosotros el que nos conduzca a través de esta danza de planetas. Y tendremos menos posibilidades de saber si el Universo ya tenía planeada toda esta ristra de dudas y certezas, o por fin dimos con la llave que abre el cofre de esos secretos.

8 sept. 2006

Teoría del resentimiento

Tiberio, el emperador más resentido

Estos días aún calurosos estoy leyendo una biografía del emperador Tiberio escrita por Gregorio Marañón (Editorial Espasa), del que hasta ahora sólo sabía que era una estación del metro de Madrid. Es una biografía que tiene ya bastantes años y acusa en su manera de ver el mundo cierta vejez de pensamiento. El doctor Marañón es hijo de su tiempo y como tal se expresa; por eso puede chocar muchas veces su lectura y remover dentro de nosotros voces de protesta por esta opinión machista o aquella declaración demasiado ecuménica. Pero al principio del libro el biógrafo se lanza un capítulo entero para reflexionar acerca del resentimiento y dice cosas que, al menos para mí, han resultado luminosas. Sin dejar de ser determinista, caracteriza el resentimiento y a la persona resentida de una manera apabullantemente clara. Tanto, que muchas veces he pensado que estaba refiriéndose a ciertos personajes públicos, esos que suelen ser demasiado sensibles al aire de putrefacción de algunas clases sociales.

El doctor dice: Es difícil definir la pasión del resentimiento. Una agresión de los otros hombres -o simplemente de la vida, en esa forma imponderable y varia que solemos llamar «mala suerte»- produce en nosotros una reacción, fugaz o duradera, de dolor, de fracaso o de cualquiera de los sentimientos de inferioridad. Decimos entonces que estamos «dolori­dos» o «sentidos». La maravillosa aptitud del espíritu humano para eli­minar los componentes desagradables de nuestra conciencia hace que, en condiciones de normalidad, el dolor o el sentimiento, al cabo de algún tiempo, se desvanezcan. En todo caso, si perduran, se convier­ten en resignada conformidad. Pero, otras veces, la agresión queda presa en el fondo de la conciencia, acaso inadvertida: allí dentro, incu­ba y fermenta su acritud; se infiltra en todo nuestro ser; y acaba sien­do la rectora de nuestra conducta y de nuestras menores reacciones. Este sentimiento, que no se ha eliminado sino que se ha retenido e incorporado a nuestra alma, es el «resentimiento».

Y acto seguido pasa a enumerar las características de esta pasión que no es odio ni envidia sino algo que va más allá; una pasión que ataca más a los hombres que a las mujeres, pues estas siempre cuentan -ay, Marañón, qué sexista eres- con la maternidad para no sentirse frustradas; lo que me recordó al novelista Enrique Jardiel Poncela, un contemporáneo suyo, que dice en Amor se escribe sin hache: si quieres salvar a una mujer, hazla madre. Eran otros tiempos, evidentemente.

El capítulo cierra de manera magistral e implacable: El resentimiento es incurable. Su única medicina es la generosidad. Y esta pasión nobilísima nace con el alma y se puede, por lo tanto, fomentar o disminuir, pero no crear en quien no la tiene. La generosi­dad no puede prestarse ni administrarse como una medicina venida de fuera. Parece a primera vista que como el resentido es siempre un fra­casado —fracasado en relación con su ambición— el triunfo le debe­ría curar. Pero, en la realidad, el triunfo, cuando llega, puede tranquilizar al resentido, pero no lo cura jamás. Ocurre, por el contrario, muchas veces que, al triunfar, el resentido, lejos de curarse, empeora. Porque el triunfo es para él como una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento: y esta justificación aumenta la vieja acritud. Esta es otra de las razones de la violencia vengativa de los resentidos cuando alcanzan el poder; y de la enorme importancia que, en consecuencia, ha tenido esta pasión en la Historia.

Cuando terminé de leer este texto de inmediato quise leerlo de nuevo, porque varios pensamientos turbaban mi tranquilidad y me espantaban: ¿Es que es así de sencilla la razón para entender a aquellos que no soprtan el éxito de los demás? ¿Es así de fácil comprender la enanez mental de Hitler, la mezquindad de Salieri, la malaleche de Newton, la maluqueza de Lope de Vega? ¿Eran unos resentidos? Quizá, pensaba mientras releía despavorido el capítulo, debemos fijarnos un poco más en quiénes depositamos nuestra fe a la hora de votar, a la hora de escoger nuestros amigos, a la hora de confiar en alguien: ¿lo mueve la pasión del resentimiento o esa timidez es puro y simple carácter? ¿Se hará peligroso cuando tenga poder?

Sin duda, la lectura de esta biografía, que a veces me aburre, me está abriendo sendas en las que no había pensado, y sin duda también ha hecho que el mundo sea un poco más tenebroso. Como ese en el que se mueve Momo. Líbrame de los resentidos, que de los bravos me libro yo.

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La apoteosis de la mediocridad

Hace un par de meses conversaba con un amigo sobre el asunto de costumbre (esto es, sobre Venezuela y sus cuitas), y me decía que, entre otras cosas, el presidente era tan popular porque en tanto tiempo no había habido un político que hablara de una manera que el pueblo lo entendiera. Yo estuve de acuerdo, pero le dije (y amplío aquí mi respuesta) que la reflexión no era si el presidente hablaba o no como el pueblo, o para que el pueblo (entelequia de entelequias) lo entendiera, sino que había que reflexionar o, mejor, preguntarse qué había ocurrido en el país para que el lenguaje que el pueblo comprendía pasara de los discursos elegantes y pasionales de Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Luis Beltrán Prieto Figueroa y hasta Rómulo Betancourt, a las verborreas paleoescolares de Hugo Chávez, las pataletas vulgares de un diario como Tal Cual, la chapuza vergonzosa y antiperiodística de Mario Silva y Miguel Ángel Rodríguez, y la patética imitación chavistoide del discurso campañero de Manuel Rosales. Y en ese momento recordé que a mi padre, en la Escuela Técnica Industrial de Caracas le dio clase de Física Facundo Camero (sí, el co-autor de los famosos libros de 3º, 4º y 5º año de bachillerato que todos los adolescentes setentosos y ochentosos utilizamos, el CameroyCrespo), y que a mí, muchos años después (pero no frente al pelotón de fusilamiento) me dieron clase varios profesores olvidables y mediocres. Debo hacer la salvedad de varios que en vez de enseñar ciencias, enseñaban pasión, que es lo único que pide Goethe para que una empresa tenga éxito. Recordé, también, que en esa Venezuela en la que crecí no era raro que un profesor lo fuera tanto de los padres como de los hijos: mi hermana tuvo el mismo profesor de matemáticas que mi madre, y yo recibí unas excelentes, entrañables lecciones de literatura mística, Cervantes y Siglo de Oro de su maestra de cuarto grado. Hablo de Ernestina Salcedo, que en todos los años que habían transcurrido desde que fuera maestra de mi madre en la Eloísa Fonseca de Valera, hasta que fuera mi profesora en la UCAB de Caracas, se había convertido en una de las especialistas más incisivas y sensibles de la literatura española en Venezuela. La profesora Ernestina no perdía oportunidad para decir que, como había sido maestra de mi mamá, yo era ahora su nieto. Y a mí me encantaba que dijera eso, ji, ji.
¿Hay un sociólogo, un antropólogo que sepa decir qué pasó en Venezuela?
¿Por qué esta caída libre hacia la chabacanería y, peor, hacia la negación del pensamiento como herramienta para asir la realidad? ¿En qué momento se nos jodió el Perú?, creo que preguntaba Vargas Llosa, y es una pregunta a la que cabe cambiarle la última palabra por Venezuela, televisión, escuela, universidad, etc. En otra ocasión, conversando en una biblioteca con una chica que había estudiado Letras en la UCV, muy guapa, muy sobrada, muy culito apretado, muy poeta, le pregunté, como colibrí detrás de la flor, qué le gustaba del Siglo de Oro; y ella, el desdén tiene mil formas, me contestó tan ancha que ella no había visto el Siglo de Oro en la Universidad porque a ella no le interesaba el Siglo de Oro. No repliqué nada, turbado por tan contundente belleza, pero luego pensé una respuesta perfecta (a uno siempre se le ocurren las respuestas ingeniosas cuando está en el baño): no, no; la cosa no es si a ti te interesa el Siglo de Oro, es si al Siglo de Oro le interesas tú, mi amor. Una como soberbia nos aplana el corazón y nos convierte en minimizados mentales, en .zips del conocimiento sin posibilidad de expandir más que aire.
En un mundo así, es fácil entender por qué los más mediocres (los mediocritérrimos,diría un amigo mío aquí en Madrid) han descubierto que la difusión del resentimiento es la mejor arma para la venganza contra esos que saben algo porque estudiaron, manejan idiomas foráneos (esa extraña jerga de gerundios llamaba Gallegos a las lenguas indígenas), y tienen habilidades que en el fondo no hacen falta. Si con amar al pueblo y la revolución es suficiente; si vamos sobrados con sólo tener una vaga idea de que la justicia social es más robinhoodiana de lo que creíamos: ¿para qué hacer méritos intelectuales si con la camisa y la gorra roja es suficiente, si declarando el amor perruno al líder basta? Que estudien ellos, parece ser la consigna. Y no saben que cumplen a rajatabla la frase de su amado tótem, Bolívar: un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción. Si no volvemos al uso de la razón y al ejercicio de la reflexión, no serán los oligarcas de toda la vida los que van a mover los hilos de nuestra debacle; no van a ser esos que, encima, quieren seguir jugando golf en sus oligarcas campos del este. Nos vamos a matar solitos nosotros mismos. Por brutos.