29 sept. 2007

319. McCarthy y la lectura superficial

La Carretera
Cormac McCarthy
Mondadori, 2007/210 p./18,90 €

Confieso que cada día atesoro menos (buena) disposición para leer cierto tipo de libros, y tengo plena conciencia de que puede tratarse de un problema lector que me concierne a mí, y no a los libros que ya no quiero leer. Por varias razones: porque no los entiendo; porque los entiendo y no entiendo qué es lo que les celebran tanto; porque cada vez que me los pongo delante de los ojos se me cierran, como huyendo de un discurso que nada me dice. El aburrimiento es libre y por eso cada uno de nosotros está en su derecho de entretenerse con lo que le plazca, desde el horror de los grandeshermanos (que han hurtado obscenamente una excelente idea narrativa de Orwell) a las consideraciones lógicas de Wittgenstein o los chistes renacentistas de Leonardo. Diciendo esto no quiero escaquearme como un caballo de ajedrez para no enfrentar el asunto sin tapujos: quizá lo que ocurre es que cada vez somos más superficiales, narrativamente hablando, cuestión que de ningún modo me quita el sueño.
Porque si tener esta sensibilidad narrativa significa tragarse completo el tostón que es La carretera, la última y premiada (y alabada, y consentida, y celebrada y añoñada) novela de Cormac McCarthy, pues prefiero seguir disfrutando de las vicisitudes de las expulsadas Fábulas entre Nueva York y las tierras natales, la verdad. Y es que esta novela de McCarthy son más de 200 páginas de texto plaano y leeento, de discurso aparentemente apocalíptico, más bien apocaestítico, que te obliga a seguir a un padre y a su hijo por un Estados Unidos devastado por el invierno nuclear. Quizá como cuento la anécdota habría sido más efectiva, porque es meollo insuficiente para el universo de la novela, pienso, y puedo estar equivocado.
Sólo puedo concluir que este libro no es para mí (he comenzado Todos los caballos bellos y la cosa mejora un montón), que el libro ha tenido su éxito merecido entre los lectores entusiastas y los críticos profundos; pero creo que deberían poner una advertencia para los lectores banales como yo: "manténgase alejado de los videojugadores, hiperquinéticos crónicos y de los que ya vieron la maravillosa The Straight story de Lynch". Quedan advertidos. Después no se quejen. Como yo.

22 sept. 2007

318. Kadaré y las lecturas


Leo El expediente H., de Ismail Kadaré, en una edición de Muchnik de 1993 -por ahí anda una de Alianza también-. El ejemplar que leo me lo prestó Nicolás Melini, ese maestro mío en tantas cosas, pero sobre todo en encontrar lecturas maravillosas. Saroyan, por ejemplo, virus que se difunde por todo el mundo. Azotando a la doncella, de Robert Coover, porque Nico es el lector más tatastán que yo conozco en el mundo. Así que me dejo guiar mansamente por sus recomendaciones. Lo único que le he descubierto yo, y eso porque Tomás Onaindía (otro que tatastanea con furia) me lo recomendó primero, fue a John Fante, nuestro padre antes de cualquier beat o modernos de esos que andan por allí creyendo descubrir el agua tibia con los experimentalismos y el lenguaje de la calle y la heterodoxia y tal. Creo que después de las primeras lecturas de Cortázar, allá por los inicios de los pavosísimos años ochenta ("Casa tomada", "Las babas del diablo", "Ómnibus", "Orientación de los gatos" y, claro que "Queremos tanto a Glenda"), y del deslumbrante descubrimiento de Ficciones por esa misma época (con ese tipo de letra delicioso que la editorial Oveja Negra utilizaba para esa colección de libros marrón; ¿era Oveja Negra?), no había sentido tanta emoción al descurbir un autor como cuando leí Pregúntale al polvo, de Fante. Lo último de él: Al oeste de Roma, díptico de novela y noveleta, o "relato largo y relato menos largo" conformado por "Mi perro idiota" (nada de lo que diga vale la pena que lo diga ahora: sólo léanla) y "La orgía", para morirse de risa.
Pero estaba con Kadaré, y el tatastanismo de Nico y Tomás desviaron mi atención. Estoy con El expediente H., una historia extraña y montañosa. Antes de seguir quiero declarar que es lo primero que leo de este autor albanés (como Olimpia, la madre de Alejandro), y que creo que este libro se parece poco a lo demás; me dio esa impresión cuando leí breves resúmenes de sus otros libros, pero nada puedo asegurar. En este que leo (al que le deben sobrar como 17 páginas, máoméno), dos investigadores irlandeses viajan a las montañas de Albania (estamos en 1935) en busca del origen de la épica, esto es, en busca de los últimos rapsodas que, como lo hiciera Homero hace tres mil años, cantan, componen, varían y enmiendan la epopeya albanesa cuyas raíces se disputa con Serbia en una típica pelea nacionalista y campurusa. Pero no es una novela de aventuras, ni una novela de investigación, ni "de la tierra" (¡no!, ¡qué horror!): el descubrimiento de esta novela son los lahutare, los tocadores de lahute (¿laúd?), los últimos raposdas en el mundo que cantan (e hipnotizan) como lo habría hecho Homero. No; no quiero decir más: quiero que salgan corriendo y busquen esta novela, que soporten el exceso de prosa del principio, y se sumerjan como yo lo estoy haciendo ahora, en este paraíso que es la palabra de Kadaré: Una montaña fría, un instrumento arrimado a la lumbre de una chimenea y un magnetófono grabando todo lo que ocurre: como los ojos del lector que tenga la fortuna de leerla.

7 sept. 2007

317. El discurso del farsante





En mayo pasado tuve la suerte de visitar Malabo y Luba, las dos principales ciudades de la isla de Bioko, en Guinea Ecuatorial, país que antes estuvo bajo el coloniaje español, una de las tantas pezuñas europeas en el continente africano. Mi visita a ese país se pareció mucho a un viaje a Venezuela donde también se suda a conciencia, las ceibas son enormes y el aire vibra al mediodía a causa de los rayos del sol. Porque, además, Guinea es el único país en el que el español comparte espacio lingüístico con las lenguas vernáculas, como el fang y el bubi, y allí ha ido creciendo una narrativa y una poesía en nuestra lengua que hemos obliterado ignominiosamente, tal vez cumpliendo con el precepto según el cual de Africa sólo nos interesan sus riquezas, no su espíritu.
Pero los entrañables momentos de mi viaje, el cálido afecto de sus habitantes y la poderosa fuerza de la naturaleza no fueron suficientes para ocultar la miseria en la que la mayoría de la población vive; ni los privilegios ocultos detrás de enormes paredes custodiadas por soldados; ni la complicidad callada y oportunista de algunos empresarios españoles, franceses y estadounidenses, siempre pendientes de la cuenta de resultados antes que del bienestar común. Y algo más no pudo ocultar la belleza tropical de Guinea; lo más interesante de todo, lo más singular: el régimen que gobierna Guinea no cuenta con un solo intelectual que avale sus designios. Creo que es el único régimen dictatorial (por lo menos el único que yo conozco) que no precisa de intelectuales para existir. Porque ni la Rusia soviética, ni la Alemania nazi, ni la Cuba castrista, ni otra dictadura que recuerde, dejó de utilizar a los intelectuales que se prestaron a cambio de dinero, honores y atención a sus obritas para maquillar de legalidad y seso lo que apenas era la avispada toma del poder por parte de unos pocos y sacrificar a todos los demás en el altar de una revolución absurda y casi siempre sanguinaria. Confirmé emocionado que los intelectuales guineanos, casi todos en el exilio, no se han prestado para esas vagabunderías. Y deseé en Guinea que los intelectuales de mi país fueran así de valientes.
Vano deseo.





En Venezuela, desde siempre, hay un intelectual a la mano para cada dictador. Rómulo Gallegos les puso nombre en su extraordinaria Doña Bárbara: el dr. Mujiquita, el leguleyo que abonaba con palabras las trapacerías de la feroz doña con el hermoso rostro de María Félix. Pues bien: en mi país nunca ha faltado un mujiquita, el zarrapastroso de turno que hace lo que sea con tal de que sus detritos mentales tomen forma en las páginas de una novela, de un poemario, de un ensayo, y sean celebradas como él cree que se merecen; y él sea condecorado como él cree que lo merece; y sus chistes sean aplaudidos como él cree que lo merece. Todo, a cambio de bajar la cerviz y lamer con juicio la bota que pagará todas sus medallas, todos sus honores.
En Venezuela, estos seres antes se apellidaban Vallenilla-Lanz, Mata y Zumeta; hoy la genuflexión viene tanto de afuera con apellido de aristócrata polaco (Poniatwoska) como de dentro, con apellido mestizo, como debe ser: Britto García. Este señor, Luis Britto García, es uno de los defensores más ilustrados de la revolución bolivariana y el sátrapa que la lidera; economista, escritor, filósofo, intelectual; es capaz de recitar fragmentos enteros de los clásicos y también puede disertar durante horas sobre cualquier cosa, pues es famosa su memoria. Hace 30 años escribió una novela experimental, que yo no he terminado de leer porque es asaz difícil, y tiene no pocos excelentes cuentos, también de hace años; destacaría Helena, una excelente versión de la inocencia.
Pero no se vayan a pensar que este señor, durante los cuarenta años de democracia que precedieron a este chiste que es el chavismo, estuvo arrinconado y marginado por los oligarcas que detentaban el poder; de ninguna manera. Britto García siempre ha sido un intelectual del stablishment; el viejo Estado venezolano que él ha ayudado a desmontar lo cuidó con mimo y fue el beneficiario de viajes, ediciones, premios y demás zarandajas propias del que estaba sumiso al lado del poder, del que brindaba emocionado con un ministro músico y se arrobaba con las palabras de Carlos Andrés Pérez, ese corrupto, hermano gemelo de Hugo Chávez.
Ahora, como buen mujiquita, heredero de los mujiquitas que en el mundo han sido, él escribe del hombre nuevo; ahora reescribe la historia venezolana para comodidad de su nuevo amo y de paso se mete él como precursor de una revolución que quizá ya soñaba cuando hacía lobby en los pasillos del antiguo Consejo Nacional de la Cultura y de la antigua Monte Ávila Editores, con la esperanza de que le dieran sus viáticos, sus invitaciones, sus premios, sus libritos: «En fin, desde la izquierda cultural la palabra insurrecta continuó construyendo un proyecto emancipador en el fragor de la lucha política, en prisión o en los resquicios de nichos académicos o comunicacionales. [...]. Mientras nuestros hermanos guerrilleros, militantes o creadores eran exterminados, desbandados o corrompidos, aprendimos el duro tesón de la hormiga y la subterránea paciencia del topo. Con las herramientas de la idea soñamos una Venezuela original, mestiza, igualitaria, antiimperialista, socialista, integracionista, internacionalista. Se nos llamó los Últimos Mohicanos. Éramos apenas los primeros»[1].
Usted que me lee, quizá no llegue a tener idea de cuánto me repugna consignar las palabras de este farsante, pero cuando las leí supe que si estos nuevos mujiquitas van a reescribir la historia de Venezuela, si van a hacer como Stalin y van a recomponer las fotos de la memoria, por lo menos que no sea con mi silencio, con mi inacción: las pongo aquí y las difundo para que se sepa qué clase de intelectual rodea la barbarie que es la revolución bolivariana.
Pero no acaba. Más adelante, se inventa una historia contemporánea a la medida de su amo, tal como ya hizo el cineasta Román Chalbaud con su Caracazo, la película donde, si lo dejan, le hubiera puesto capa voladora a Chávez (este director, por cierto, antes de hacer su película recorrió no pocas productoras españolas con sus guiones bajo el brazo y tan solo recabó sonrisas ocultas y portazos en la cara). De los acontecimientos del 27 y 28 de febrero de 1989, los saqueos populares y el toque de queda que viví en carne propia, inventa Britto García: «Así, mientras la represión desmantelaba órganos y sujetos del proyecto revolucionario, los intelectuales lo mantuvimos presente hasta que su goteo pertinaz permeó nuevos sujetos de la sociedad venezolana. El 27 de febrero de 1989 se sublevaron en forma simultánea y masiva los movimientos sociales; el 4 de febrero de 1992, las vanguardias progresistas del ejército». Y, ¡voilà!, la mágica palabra de un mujiquita del siglo xxi junta churras con merinas y produce el nuevo discurso histórico; ¡de «forma simultánea y masiva» los movimientos sociales se sublevaron! No sé de qué país habla Britto García, porque en el que yo estaba a las doce del día del 27 de febrero de 1989 no vi «movimientos sociales» sino turbas desaforadas que no robaban para saciar el hambre del estómago sino el hambre de consumo, pues no creo que un televisor de 40 pulgadas, o 20 computadoras sean para dar de comer a los famélicos. Saqueos. Lo que ocurrió durante dos días fueron saqueos de la gente en desbanda, harta de no tener dinero para comprar lo que compraban los estratos altos de la sociedad, en los que se movía —y se mueve, no lo olvidemos— el señor Britto.
«En la hora de la verdad se conoce al intelectual verdadero», termina Luis Britto García. Quizá es una advertencia para él mismo, para que recuerde que el pensamiento que se vende por unos cuantos granos de arroz, no es pensamiento de intelectual sino de borrego asustado y pusilánime que sabe leer mejor que los demás. El intelectual verdadero deja solo a los dictadores en su evidencia, como en Guinea. No se agacha para que el tirano se suba sobre sus palabras, ni pasa ocho horas oyéndolo risueño, aguantando las ganas de orinar a cambio de cien mil dólares y un «si Adelita se fuera con otro». Farsantes.



[1] Ver Rebelión.org: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=55746.

316. Simpatía por el diablo

Viñeta de Romeu en El País de hoy, 7 de septiembre de 2007.

6 sept. 2007

315. El reino de Cervantes

Mi reino es de este mundo
Vengo a anunciarles el descubrimiento (mi descubrimiento) de un nuevo reino. El descubrimiento, que no la invención; el pregón, que no la noticia; se trata de un reino en el que todos vivimos pero sobre el cual no podemos caminar salvo en sueños. Un reino sin auténticas fronteras o, al menos, sólo con las fronteras que llevamos nosotros mismos encima. Un reino cuyos límites no colindan con las montañas ni los mares de los otros países de este planeta, pero que traza con firme eficacia las distancias entre aquellos que aman, beben, duermen, deliran, luchan y se esfuerzan en otros territorios y nosotros, los del reino de este mundo. Un reino que es liviano y pesa tanto como las pirámides aztecas e incas; torrencial y caudaloso como el Orinoco, y estático como la canícula del mediodía en Medina del Campo; un reino débil como la palabra colibrí y volátil como la cotufa; poderoso, como el sonido del tambor (yo soy la canción del bongó/ aquí el que más fino sea/ responde si llamo yo), apenado como el cante jondo; embriagante como la sanguinolenta bota de la plaza de toros; apacible como la meseta castellana; misterioso como los precipicios de Ronda y prejuiciado como las campanas de Oviedo al mediodía; es un reino que no es igual en ningún lado y que es el mismo siempre, en Malabo, Caracas, Madrid o Buenos Aires; un reino que es setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar.
El reino del que hablaré, ya lo dice el título del texto que voy leyendo, es el Reino de Miguel de Cervantes, feudo imperecedero de aquel que perdiera una mano en la batalla de Lepanto, luchando contra los infieles; recaudador imperial, cuyo hijo predilecto, nuestro señor Don Quijote, todavía recorre, acompañado de Sancho Panza, su escudero, y a lomos de su esquelético rocín, el territorio que aquel gobierna, el territorio de la Mancha, como también se le ha conocido, y que —por lo menos— se extiende a lo largo de tres continentes: Europa, América y Africa. Y no hay tratado, ordenanza, resolución ni convenio internacional que pueda evitar la comunicación entre los millones de súbditos que el reino de Cervantes alberga. Como debe ser.
Probablemente Arturo Úslar Pietri, que le puso el nombre al reino que habitamos, habría aprobado con agrado nuestra reunión de hoy, justamente aquí, tan cerca del ecuador y debajo del trópico de cáncer; y probablemente habría aceptado con cierta vanidad ilustrarnos con todo su conocimiento, con todo su saber, con el don de su palabra siempre seria e incisiva. Porque es a él, al venezolano Arturo Úslar Pietri a quien debemos la excusa que nos trae hasta aquí; a él debemos la posibilidad de establecer los límites del reino del que me propongo hablar, de sus gobernantes y sus leyes; él fue quien reconoció a su rey natural y nos abrió los caminos de este reino con sus libros, con sus charlas, con su palabra; aunque debo señalar que él mismo no conoció todas las fronteras de nuestro reino. En su momento, declaró que «hay una evidente comunidad de historia y de cultura, en muchos aspectos única en el mundo, que se ha formado a lo largo de cinco siglos entre España y los países hispanoamericanos. Sin mucha distorsión se podría ampliar el concepto a lo iberoamericano, para incluir también a Portugal y el Brasil». No menciona a Guinea Ecuatorial, quizá porque su pasión latinoamericana lo empujaba sólo a pensar en los países del otro lado del Atlántico, quizá porque desconoció —como yo mismo hasta hace una semana— la riqueza cultural que nos depara este país, tan parecido al mío propio y donde sudo de la misma forma, veo los mismos árboles, como las mismas frutas, pero donde oigo mi propia lengua con otro acento, y aprendo lenguas nuevas para mí, desconocidos sonidos fang y bubi que ya quiero tener en mi universo lingüístico: «madjiwa», «anñé kööri», sé decir ya y no veo la hora de utilizar estas palabras en mis cuentos, en mis novelas, en mi vida. Ya quiero decir «Ö», diez en bubi, y contar de cinco en cinco los árboles que ven mis ojos.
En algo podemos excusar la omisión de Úslar Pietri: él fue un hombre entregado a su tiempo político y espiritual, y la preocupación por América Latina lo era todo en su escritura. Desde el nombre mismo, todo era un motivo de reflexión para él: «No es banal que no tengamos un nombre aceptado para el conjunto. Se le ha llamado de tantas maneras que resulta casi como carecer de nombre: Hispanoamérica, Iberoamérica, América española, Indoamérica, la Raza, la Hispanidad, etc. La falta del nombre único ha hecho más difícil la comprensión del hecho y ha aumentado la dificultad de entenderlo cabalmente». Mal podía, entonces, tomar conciencia de que de este lado del Atlántico, en esta isla llena de color, en este continente del que todos salimos, el español, la lengua oficial del reino de Cervantes, también bulle y evoluciona compartiendo oclusivas y velares en las bocas de los guineanos y de los que tienen la suerte de vivir aquí. En los más de quinientos años que nos separan de la azarosa aventura de Colón, nosotros aún dudamos si llamarnos latinoamericanos, o sudamericanos, o iberoamericanos, etc. Yo, que soy venezolano, y cuya idiosincrasia no puedo explicar excluyendo al caribe anglófono, francófono, al holandés, al papiamento al Canadá y a Estados Unidos, prefiero decir con rigurosa nomenclatura geográfica que soy americano, porque América es una palabra que viene del futuro.
La comunidad del libro
Quizá es una gran suerte —o un destino muy marcado— el hecho de que sea un solo libro el que nos determine los límites del territorio espiritualmente lingüístico que podemos considerar como «nuestro» con todo lo que de impreciso tiene esta palabra. Y es en ese libro en donde se dibuja por vez primera el mapa cultural sobre el que caminamos. Úslar señala que «lo más característico que distingue a esa realidad cultural (...) se dio primeramente y se definió de manera perdurable en el siglo xvi. Es la época en que la dimensión política alcanza su plenitud desde Carlos V hasta Felipe II; es, también, la ocasión en que se define cabalmente un juego de valores característicos: lengua, religión, moral, romancero, refranero, paradigmas, convicciones y metas de vida. La síntesis suprema de ese conjunto se expresó en la obra de Cervantes. Allí está recogido y expresado lo esencial, irrenunciable y persistente de esa manera de ser (...) tan múltiple y dispersa, y tan semejante a sí misma. Constituye, para decirlo con las fórmulas viejas tan cargadas de sentido (...) un reino cultural y podríamos llamarlo, con toda propiedad, el reino de Cervantes».
A partir de esta conciencia compartida, los que hablamos español podemos reconocernos como semejantes tanto si recorremos las vertiginosas calles de la plaza de la Candelaria en Caracas, como si tomamos el tranvía del viejo Corrientes en Buenos Aires, subimos por la Gran Vía hacia Callao en Madrid, atravesamos el arduo zócalo de Ciudad de México, admiramos el Museo Nacional de Bogotá o cruzamos veloces la carretera que une Malabo con Luba, aquí en Bioko. Sin embargo, no hay que olvidar la certera reflexión a que hace referencia Úslar, con el ánimo de marcar las oportunas diferencias y rebajar adecuadamente la insensatez del entusiasmo: «Bernard Shaw, con sabia ironía, dijo una vez que Inglaterra y los Estados Unidos eran dos países separados por una lengua común». No olvidemos nunca que lo mismo que nos une, nos separa; que las semejanzas existen precisamente para que las diferencias se destaquen con nitidez entre nosotros y que, menos mal, ninguno de nosotros es igual al otro: cada individuo es único y por eso mismo nos podemos reconocer como semejantes.
Esto mismo ocurre con la literatura que se ha desplegado en los países de habla española. A partir de nuestro Don Quijote de la Mancha, primera y superior novela de cuantas haya en el mundo, germen y guía de todo los que se desarrolló después (un orgullo que nunca debemos pasar por alto: hablamos la lengua en la que está escrita la obra narrativa cumbre de la literatura occidental), el español ha dado cabida a escritores y obras que son hermanas y distintas al mismo tiempo y que reflejan realidades específicas convertidas en tópicos universales: si la mexicana sor Juana Inés de la Cruz denunció con pericia el machismo de su época («hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis»), al igual que varios siglos después lo hiciera Alfonsina Storni en Argentina («hombre pequeñito que jaula me das/ digo pequeñito porque no me entiendes/ ni me entenderás»), muchos años después el coronel Aureliano Buendía abre la vertiginosa Cien años de soledad recordando, frente al pelotón de fusilamiento, la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo, Valle-Inclán desgrana su teoría de los esperpentos frente a los espejos deformantes del callejón de Álvarez Gato en Madrid, en los calurosos llanos venezolanos Santos Luzardo remonta el Arauca a bordo de un bongo en dirección a la hacienda de El Miedo, a enfrentarse con su enemiga mortal, doña Bárbara; mientras tanto, Julio Cortázar cuenta que en Francia un grupo de intelectuales latinoamericanos tratan de disimular el hecho de que en París son como hongos que crecen en los pasamanos de las escaleras y en la quinta de Triste-le-Roy de Buenos Aires un detective fracasado, Lönrot, descubre que el laberinto que Jorge Luis Borges le ha construido sólo sirve para que su muerte sea más poética. Y aquí en Guinea, el español se reviste de la fuerza telúrica de la tierra y la negritud africana para bullir en adivinanzas, mitos indígenas, poesía de modernismo tardío (como en el caso de Cristino Bueriberi) y novelas abiertamente de la tierra como Cuando los combes luchaban, de Leoncio Evita, la primera novela guineana en español y uno de mis grandes descubrimientos de este primer (y espero que no el último) viaje al Africa subsahariana.
Todas estas obras a las que he hecho referencia están escritas en español; todas (y muchas otras más) las podemos leer y entender en el idioma que hemos asimilado desde la cuna y de todas podemos aprender palabras nuevas y exóticas para cada uno nosotros, según sea el caso: lunfardo, fuca, choteo, bongo, arepa, cachapa, bubi, ma, wa, nñé, mañoco, piolín, vaina, escuincle, chaval, chamo, gachupín, jeva, tía, mina, garota, flipa, tripea, guagua, buseta, ceiba, papaya, patilla, lechosa, guanábana, cambur, zamuro, zopilote, curumo, cóndor, colibrí, ruana, madjiwa, amor, dientecito de ajo, caballito de juguete...
Desde luego, un tesoro enorme se esconde tras el simple hecho de hablar el mismo idioma y ser simultáneamente tan diferentes.
Y hemos de agradecer a los escritores nuestros que se hayan tomado la molestia de crear este mundo de palabras con la intención de que el verdadero que les rodeaba cobrara significado profundo para sus conciudadanos. Citando otra vez a Úslar, él se declara consciente de lo que estaba haciendo cuando se propuso crear una obra literaria: «Íbamos hacia la obra literaria en una misma actitud y, además, con un igual propósito: expresar aquella realidad tan compleja y tan rica que hasta entonces nos parecía que no había sido adecuadamente reflejada». Y es que no otra es la función del lenguaje en el ser humano: sin las palabras, la realidad sería imposible de asir, porque antes de agarrar con las manos un objeto, tenemos que agarrarlo con la palabra, con el símbolo que le da sentido dentro de nuestra cabeza. Quizá esa sea la razón por la cual es harto complicado definir sencillamente la idiosincrasia de un pueblo y, mucho menos, eso tan adusto y decimonónico que es la «identidad nacional». Yo soy yo y mis circunstancias, nos enseñó Ortega y Gasset, y por lo tanto mi identidad es directamente proporcional a la conciencia de identidad de mis semejantes.
Heredaremos el reino
He utilizado hasta la extenuación el vocablo «semejante», con la obvia intención de que marcara nítidamente mi propósito: en un reino donde todos hablamos la misma lengua, ninguno de nosotros la usamos igual, por suerte. Ustedes aquí hablan un español correcto y algo prosopopéyico para mi español caribeño directo y un poco confianzudo; en España nuestra lengua es franca y sincerota como los tacos que se dicen a cada instante, pero también elusiva y felina como la pregunta con que dicen que suelen contestar a las preguntas los gallegos; y en los demás países donde se habla español este idioma canta y cuenta y muestra las huellas de un pasado propio y común. Todo eso, mezclado, es lo que nos hace súbditos semejantes, que no iguales, de un reino lingüístico en el que cada quien habla su lengua con la belleza, corrección e incorrección que la hace tan atractiva y particular. Atrás quedó el tiempo en que las reglas ordenaban el mundo (ya en las Letanías a nuestro señor Don Quijote rogó en su momento Rubén Darío: «de las academias/ líbranos, señor»); ahora, al menos los escritores, preferimos que las reglas describan cómo es el mundo en realidad en vez de decirnos cómo debe ser. Porque es el baquiano, el que la usa, el que sabe en su intuición cómo usarla, para bien o para mal. El que ha estado allí, en la casa del ser que es el lenguaje, es el que sabe «cómo se bate el cobre», como decimos en Venezuela.
De la misma manera como los conquistadores de América se muestran conocedores del mundo que les tocó someter, más que su rey que, a lo lejos, allá en la corte española, esperaba por noticias y riquezas que no se había tomado la molestia de ir a buscar. Esto hace levantar la airada voz de protesta de Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Lope de Aguirre, tal como ha sido contado: «“Ha cuarenta años que me he ocupado en no dormir, mal comer, y a las veces ni bien ni mal, traer las armas a cuestas, poner la persona en peligro, gastar mi hacienda y edad; los grandes reinos y señoríos de muchas bárbaras naciones y gentes, ganadas por mi propia persona y expensas, sin ser ayudado en cosa alguna, antes muy estorbado por muchos émulos y envidiosos, que como sanguijuelas han reventado de hartos de mi sangre”. Es la misma motivación que movió a los Pizarro a levantarse contra los enviados de la Corona y la que mueve a Lope de Aguirre a escribir a Felipe II para “desnaturalizarse” de los reinos de España. Empezaba con ellos una nueva vida para ellos mismos y para todo el entorno. Empezaban de hecho un nuevo tiempo y una nueva situación histórica”». Y esa situación histórica no era otra que la creación de la gran comunidad en la que ahora nos vemos inmersos y que deberíamos, ya que ha costado tanta sangre y tanto sufrimiento, celebrar y cuidar como la herencia que nos ha sido legada para que continúe y sea cada día más fuerte, más unida, más heterogénea. Y para que traiga más paz.
Esta tarde he venido aquí con la intención de anunciar la buena nueva del reino de Cervantes y me voy con la duda de si he delimitado bien las fronteras de este reino; me voy con la incómoda sensación de que apenas he mostrado un fugaz trazo de ese mapa imaginario; quise hacer como los topógrafos chinos de los que habla Borges en su cuento, que tratando de que el mapa del país fuera lo más exacto posible al país terminaron por construir un mapa tan grande como el país: una empresa a todas luces condenada al fracaso. Tal vez debía no pronunciar esta conferencia; tal vez tenía que haber dejado hablar los poetas antiguos (qué se fizo el rey don Juan/ los infantes de Aragón/ qué se fizieron) o modernos (La princesa está triste/ qué tendrá la princesa/ un suspiro se escapa de su boca de fresa) o a los escritores malditos (Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal); o simplemente, he debido comenzar con las primeras palabras de nuestro libro talismán, la novela de Cervantes, y avisarles que el verdadero cartógrafo de nuestro reino habita en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre es mejor no acordarse.

5 sept. 2007

314. Europa, no nos falles


La noche del 14 de marzo de 2004, cuando se dieron los resultados electorales, muchos compartimos el clamor que retumbaba en las voces de muchos jóvenes de Madrid: «¡no nos falles, ZP!». Después del obstinado final de legislatura del presidente Aznar, sordo al clamor antibelicista del pueblo que lo eligió, la llegada de Zapatero era un soplo de aire muy fresco para los que estábamos hartos de los gestos groseros y prepotentes con que Aznar concluía sus ocho años de gobierno —que tuvieron, hay que decirlo, no pocos momentos de acierto, tanto dentro como fuera de España. Yo estaba tan alegre ese día, que le dije eufórico a mis amigos españoles: «hoy he decidido que me quedo en este país para siempre». Y ya llevaba siete años aquí.
Una de las razones para que un venezolano inmigrante se alegrara tanto de que los socialistas regresaran al poder en el único país que habla español de Europa, tenía que ver, como no podía ser de otra forma, con el futuro de las naciones hispanohablantes allende los mares, Venezuela entre ellas. La política española que, en teoría, debería ser la más abierta hacia las necesidades y retos de nuestros países, parecía encontrar en el presidente Rodríguez Zapatero un nuevo interlocutor, menos viciado por los arrumacos con el mediocre y tantas veces torpe George Bush, y menos prejuiciado ante los problemas sociales y económicos que los hispanoamericanos padecemos como una gripe mal curada desde el siglo xix.


Con gobiernos cada vez más corruptos y autoritarios pululando por esos lares, los latinoamericanos estamos cada día más necesitados de un oído sensato que ponga más atención y menos bolsillo sobre América Latina. Siempre he pensado que la riqueza natural de un país es una bendición envenenada, que igual lo lleva al éxito como al más vil de los fracasos. Sobre todo si los que codician esas riquezas cierran los ojos, taponan los oídos y callan las bocas con tal de recibir su parte del botín. Hay momentos en que está en juego algo más que la estabilidad económica o el suministro de recursos.
Europa ejerció un papel fundamental en el siglo xx, consolidando lo que tantas regiones desean desde hace centurias: la paulatina unificación política y económica que aún está en sus inicios y ya se augura auspiciosa aunque no exenta de peligros. El experimento de la Unión Europea tiene las mismas características que el frustrado proyecto de la Gran Colombia, soñado primero por Francisco de Miranda y ensayado por Bolívar cuando lo creyó conveniente. El éxito de la UE es en sí mismo un aval para que su opinión tenga el peso suficiente para tomar en cuenta sus razonamientos. Sobre todo cuando en otro punto del planeta el totalitarismo extiende sus manos con aparente impunidad, y hasta con muecas de sonrisa entre los «guardianes de la democracia», ese sistema imperfecto y perfectible que debe procurar «la mayor cantidad de felicidad posible al mayor número de ciudadanos», para parafrasear a Bolívar, tan perversamente utilizado en mi país en los últimos nueve años.
Muchos ciudadanos de la Unión Europea —entre los cuales se cuentan no pocos políticos, empresarios, banqueros e intelectuales— deberían abandonar de una vez por todas la ingenuidad rousseauniana según la cual en América Latina prolifera la «raza cósmica» y que las revoluciones que están teniendo lugar allí son la panacea para erradicar la corrupción y el mal gobierno que los azotan desde hace décadas.
Al contrario, desearía que alzaran su voz airada y no cesaran de exigir que gobernantes democráticamente elegidos —transformados astutamente en dictadores «indefinidos»— vuelvan al cauce de la democracia y permitan que de verdad sean los pueblos los que decidan su futuro. Europa nunca debería olvidar que Hitler llegó al poder apoyado abrumadoramente por el cultísimo pueblo alemán.
El caso de Hugo Chávez debería levantar algo más que graciosas suspicacias, pues no son pocos los venezolanos cualificados que hace años advierten de la deriva totalitaria del teniente coronel, sobre todo ahora que quiere llevar adelante una reforma constitucional «pintada» según su inspiración personal y sin deseos de que nadie le «cambie los colores» al cuadro que para él es Venezuela. El economista Domingo F. Maza Zavala, voz más que autorizada en el Banco Central de Venezuela, ha dicho en un artículo del 29 de agosto que la propuesta presentada por Chávez a la genuflexa Asamblea Nacional es «una ampliación del espacio económico del Estado y una evidente concentración de poderes» en el presidente. Pero las opiniones disidentes no sólo vienen de entornos adversos: El propio presidente Luis Inácio Lula da Silva, amigo declarado de Chávez, dijo a un diario brasileño que «cuando un líder político comienza a pensar que es indispensable y que no puede ser sustituido comienza a nacer una pequeña dictadura». Y más adelante agregó: «Chávez está proponiendo una reforma en la Constitución. Yo no pido eso porque soy adepto a la alternancia de poder. Creo que ocho años es suficiente para hacer aquello que creo que es posible hacer». (Chávez gobierna desde hace nueve años).
El contraste de Lula con las declaraciones de Chávez en el asfixiante y megalómano Aló, presidente del 26 de agosto, no puede ser más transparente: «Yo asumo la responsabilidad [de la propuesta de reelección indefinida] y se trata de que este ser humano (Chávez) está en el centro de la propuesta, en el centro del debate». En otras palabras: «yo y sólo yo soy el líder y centro del país que es mío de mí».
Ante esta realidad que lamentablemente se ha repetido decenas de veces en América Latina, los escritores nos preguntamos qué hacer. Cuando converso con los escritores latinoamericanos que viven aquí en Europa llegamos a la misma conclusión: Nada bueno traerán a Venezuela las carantoñas hacia Chávez de algunos intelectuales europeos (los saramagos, los ramonets, las regases y las gopeguis que gritan «¡que viva la revolución! —pero que viva lejos») alelados ante su propio espejismo de Utopía americana, ni los inmorales y perversos convenios como los del Alcalde de Londres para recibir gasolina venezolana barata que moverá a precios módicos los pintorescos autobuses de la City (mientras millones de venezolanos piensan qué hacer para acostarse esta noche con algo en el estómago), ni los saludos ignorantes o cínicos como los de Sean Penn o Danny Glover (a quien le han «otorgado» 18 millones de dólares para hacer una película, mientras muchos directores venezolanos esperan a veces décadas para obtener una mísera ayuda de su propio gobierno).
Nada bueno saldrá de esta complicidad light y logrera. Sólo le están dando un generoso compás de espera para que se arme, desmonte el Estado venezolano y emule, cuando se sienta (más) todopoderoso, al primer genocida que se le venga a la cabeza, de Stalin a Mussolini, pasando por Hitler o el mismo rey Leopoldo de Bélgica, ese personajillo patético y peligroso.
Y esa es la razón del título de estas líneas: Europa no debe fallarle a sus convicciones democráticas, que tanto le ha costado consolidar, a cambio de un poco de gasolina, una invitación a unas «vacaciones revolucionarias», o un poco de celebridad. El señor Chávez va a apropiarse de Venezuela y no se irá hasta que la desangre completamente. Es lo que suelen hacer los déspotas cuando se les da todo el poder. Europa en bloque debe denunciar esto y exigir cambios —antes de que sea demasiado tarde. Este guión ya se ha escrito demasiadas veces, y es hora de que los defensores europeos del chavismo se den cuenta de ello. Sólo te pedimos, Europa, que esta vez no nos falles.

4 sept. 2007

313. Nueva Taganga

Modifico el aspecto de mi blog a ver si así lo retomo, tan solo que está el pobre.
Es que no me han dado ganas de decir nada, de tantas cosas que tengo que decir.
Para empezar, fui a Guinea Ecuatorial en mayo, una experiencia telúrica de las que sabe tanto Kira, así que iré poniendo algunas de las fotos que me dejaron tomar, porque en ese maravilloso país también hay restricciones, como en todos lados donde unos son más iguales que otros. Miles de restricciones para los seres humanos de esas tierras.
Pero no para los árboles,

ni para la playa,

ni para los pasos de la gente,

ni para el Quijote y Sancho, demoledores siempre.