13 dic. 2012

Una trampa para pájaros

Vuelo diurno
Blanca Riestra
Casa de Cartón, Madrid, 2012.
|109 p.|ISBN:9788494047824|12 euros|

Estas fueron las palabras que leí en El Café Comercial para presentar la hermosa e inquietante novela de Blanca Riestra:

Una trampa para pájaros
«Un niño no es bueno ni malo ni inocente, un niño es un molde donde el mundo escribe su mensaje»: en esta frase cercenante, especie de leit motiv que evoluciona a medida que leemos, anida una de las claves de esta novela que, lo digo de una vez, no trata de hablar del mundo, de este mundo en que vivimos, sino que quiere sumarse a él creando espacios nuevos; iluminando, quizá, sitios como Fronda, el «lugar» eje de la historia, un no-lugar, también; no-lugar, porque existe sólo en ese espacio de que habla Foucault para aquello que conocemos pero no podemos asir del todo. La inocencia de los niños de esta novela no parece del todo cierta, pero podemos detectarla en Nando, un curioso niño que, además de hablar, expresa sus pensamientos con dibujos, a veces infantiles, pero sin duda inquietantes, porque no siempre puede hallarse al sol atrapado en una bolsa. Quizá el molde que es cada niño para el mundo lo traduce a un idioma nuevo, que puede coincidir con el que nuestros sentidos perciben; aunque cuando eso no ocurre, sobreviene la desgracia, el miedo, el mal, y sí, entonces sí el sol puede encerrarse dentro de una bolsa.
Vuela por encima de nuestras cabezas un breve poema, el que divide el libro y se convierte en revelador epílogo al final; es una estrategia que seduce desde el principio y no interrumpe el flujo de la lectura; pero poco a poco esas letras en que están divididas las partes de la novela empiezan como a vibrar en nuestros ojos anunciándonos la vorágine de la última palabra: adiós, que es como si el libro nos soltara y dejara que fuésemos nosotros los que decidamos qué hacer con «eso» que ya sabemos y que no podrá nunca abandonarse. Como lectores, no hemos hecho caso al consejo socrático («el conocimiento no es como la fruta, que se puede llevar en una cesta; el conocimiento se lleva puesto porque nosotros somos la cesta del conocimiento»), y salimos de la última página viendo cómo una mano dibujada por un niño se despide de nosotros y nos deja, quizá desolados. Eso que vibra por encima de nuestras cabezas, que vibra junto al poema que cruza la novela, es la tensión que apelmaza los movimientos de los personajes e impone el laconismo de las conversaciones; y, más que laconismo, secreto.
Algo va a pasar en la fiesta del Corpus, que es el día que todos están esperando en Fronda: curas, putas, peluqueros, familias, maestros y alumnos; todos esperan junto a un forastero que ese día del Corpus algo se resuelva, que llegue una respuesta, una solución o, por lo menos, un mínimo juicio final. Quizá porque se trata de una de las fiestas religiosas más «místicas» —el reconocimiento de la presencia efectiva del cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía—, el Corpus genera ese halo críptico dentro del cual lo sagrado no se puede vislumbrar porque enceguece. O porque lo sagrado es bruno, oscuro, insondable... y mortal.
El forastero que llega a Fronda, como todo el que viene de lejos, es el más hermoso, como ha dejado dicho José Balza en Percusión, y seduce por donde pasa; pero también extraña y asusta; enfada y genera compasión. Es un ser foráneo entre foráneos; un viajante que no vende nada, un violinista sin violín que envuelve con su melodía muda. Esta descripción debería ser suficiente para que esta idea quede fija en la cabeza: no es una historia de terror, ni lo fantástico se presenta en toda su codicia, pero sí se llevarán a la casa de la memoria la certeza de que algo supremo ha ocurrido ante sus ojos y ustedes han sido incapaces de captarlo. La prosa, delicada, dulce, vengativa, de Blanca Riestra en esta novela les dejará huellas indelebles que ustedes no serán capaces de verlas sino hasta mucho tiempo después de terminado el libro. Qué buena suerte; o qué mal hado, según se vea.
Tal vez porque esta novela es una gran metáfora de lo que en realidad somos por dentro: unos seres llenos de rincones oscuros hacia los que preferimos no mirar, y por eso los ocultamos con las metáforas más excelsas, sin entender, o sin saber, que una metáfora, siempre, es una trampa para esos pájaros que llamamos palabras.
Café Comercial, en Madrid, 13 de diciembre de 2012.

No hay comentarios: