3 nov. 2012

El síndrome Bayard


Bueno, más que un síndrome, es una mala costumbre. Hablar -mal- de los libros que no se han leído, porque no te gusta el título, o la portada, o -la excusa más socorrida de todas- porque no te cae bien el autor. A lo más que puede uno llegar cuando no te cae bien un autor es a no leerlo; pero decir que sus libros "son malos" (apreciación tan válida como subjetiva) sin leerlos es uno de los pináculos de la memez humana.

Lo insólito es que hay un montón de gente así, y uno mismo puede perfectamente incurrir en esta fea costumbre si se descuida y deja que la cuota de soberbia exceda los límites normales. Para disimular esa maña, Bayard ha escrito ese divertidísimo libro, instructivo y pícaro al mismo tiempo, Cómo hablar de los libros que no se han leído, que es algo así -también es algo así- como un manual de instrucciones para quedar bien cuando no tienes ni idea de algún título pero igual quieres impresionar a tu interlocutor. Pero, ojo, que nadie se tome demasiado en serio sus consejos; o sí: no lean el libro, para qué, con el título es suficiente. Digan que lo han leído y que lo han pasado en grande, o escandalícense y condenen a la hoguera de la igominia a semejante autor que se atreve a jugar con las cosas de comer.

En el fondo, la solución menos angustiante, y la más sabrosa, es sentarse con paciencia y comenzar a leer aquellos libros que nos llamen la atención; y no hay problema, si el trabajo no lo exige, en dejar de lado aquellos que no nos interesen por cualquier razón que, en el caso de un lector libre de compromisos, cualquiera vale.

Pero, por favor, no sean tan estúpidos como para pavonearse delante de los que sí han leído un libro, emitiendo juicios de valor que, de valor, más bien poco. No hay nadie más ridículo, triste (y, por qué no decirlo de manera más dura, despreciable) que aquél que denigra algo con la simple fuerza de su ignorancia.

Para esos, seguro que san Agustín ya ha reservado un lugar especial en el infierno. A menos que el infierno sea una democracia, y en él no haya lugares especiales.

1 nov. 2012

Etnocentrismo


Como reacción a las declaraciones que Chantal Mouffe, politóloga belga, hace para Página/12, y que toca de una manera bastante frontal la situación en Venezuela, publiqué hace un par de días este comentario en mi TL de Facebook:
Amigos europeos, y demás, de Facebook: les ruego encarecidamente que antes de hablar a la ligera de Venezuela se documenten un poco más; entiendan que lo que estamos pasando es un drama que afecta a gente con nombres y apellidos, a gente con pasado, con familia, con querencias. No se trata de una "historia interesante que contar", de que "pasa algo bueno en el mundo", sino de dramas de verdad: despidos, hambre, asesinatos, robos, sufrimiento. No caigan en la trampa eurocéntrica de pensar que la vida ocurre solo en su calle, en su ordenada vida con seguridad social amenazada. Ya vemos lo que cincuenta años de "utopía" han hecho con Cuba; y yo no quiero que eso ocurra en mi país. No somos animales para laboratorios políticos de tres alelados con acento. Gracias.
La verdad no esperaba más que desahogarme ante declaraciones tan temerarias como las que esta señora hace en la entrevista, y que revelan claramante que, al menos de Venezuela, sabe más bien poco, aunque no sé si conoce el país, si ha vivido allí, o qué:
El caso de Venezuela es particularmente interesante en ese sentido, porque parece que se está dando un movimiento del antagonismo al agonismo. Durante toda una primera etapa, la oposición no admitía a Hugo Chávez y lo trataba como enemigo, intentaron darle un golpe de Estado: ése es un trato antagonista.
Mi escrito de hace dos días era una petición de sindéresis a la hora de emitir opiniones por parte de los que se supone son "los especialistas". Pero lo que generó fue, cómo iba a esperar lo contrario, un debate sin cuartel y muy encendido.

Alguien encendió la mecha, quizá sin querer, porque no se tomó en serio mi petición, y respondió con la sorna y el (dudoso) humor que generan los comentarios en Facebook, que ya sabemos que es una fuente segura de equívocos, meteduras de pata e indiscreciones. Y a partir de su lectura, estimo, errónea de mi comentario, fueron apareciendo reclamos, sarcasmos, burlas e insultos hacia el comentario de ese desafortunado opinador que, a la ligera, confundía muchas cosas, la principal de todas, la finalidad verdadera del asunto.

Que no es otro sino el intento de hacer entender que no se debe seguir pensando que los países de América que hablan español se pueden comprender como un bloque indivisible, como si los problemas y la historia de países como México o Argentina fueran exactamente de la misma naturaleza que los de Venezuela o Puerto Rico.

Pienso firmemente que el daño que han hecho términos tan odiosos, inexactos y/o foráneos como América Latina, Latinoamérica, Iberoamérica, etc., no es solo el de hacer creer a algún despistado que todos los que hablamos español en ese continente somos "sudamericanos"; o que, porque soy venezolano, he de usar el mexicanismo "güera" porque "también es de mi tierra"; ese reduccionismo decimonónico ha producido un daño mayor, el de hacer invisible a cada uno en beneficio de la generalidad.

Por ejemplo, si alguien poco informado habla de literatura latinoamericana y nombra a García Márquez, a Fuentes, a Vargas Llosa y, para ser exótico, a Luis Rafael Sánchez, ya siente que ha "cubierto" todo el territorio. Y así puede ocurrir con todos los aspectos de LA cultura latinoamericana, cuando en realidad habría que hablar de LAS culturas de América; relacionadas, hermanas, combinantes, cercanas, semejantes, sí; pero individuales cada una como lo son las culturas de cada país de Europa, o de África. A veces es más fácil reducir a un solo bloque lo que nos parece igual, pero sólo es semejante.

Allí está el germen, sospecho, del etnocentrismo, ese parásito que se come los cerebros como pipas en un cine.